Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Tío Faustino – por Miguel Ángel Moreno Cañizares (Madrid)

Hace algunos años, mi hermano y yo acordamos de manera democrática que a quien más queríamos de la familia era a nuestro único tío. El hermano de mi padre, de nombre Faustino, además de un gran consumidor de vino tinto, era una persona afable y generosa con la familia, en especial con sus dos sobrinos preferidos, es decir, mi hermano y yo. Siempre nos agasajaba con alguna baratija. Pero por encima de todo, el tío Faustino era un bromista empedernido. Vivía a dos calles de nuestra casa —él solo desde que quedara viudo—, y tenía por costumbre pasar a vernos al caer la tarde, cuando el sol se acostaba tras el horizonte y la luna emergía tímida por el altozano.

Como quiera que en el pueblo, cada vez más despoblado como ocurre en Castilla-León, había por costumbre que las casas no requerían ser cerradas, el tío llegaba sin dar aviso y a menudo nos ponía a prueba el corazón con sus estruendosas apariciones. Lo compensaba con unos chascarrillos que nos hacían reír, en especial a mamá, que a todo le encontraba la gracia. Tal vez fuera para compensar la sosería de su marido, nuestro padre, siempre aburrido y de mal humor. No parecían hermanos.

La imagen del tío siempre quedará asociada a un vaso de vino entre las manos —“no conozco mejor placer”, repetía tras cada sorbo— y ni siquiera la pérdida de memoria fue capaz de restarle sal a unos parlamentos siempre mordaces. Algunas de sus bromas, eso sí, resultaron verdaderamente pesadas, como cuando prendió las enaguas de la tía Eustaquia, que salió a la calle despavorida y medio desnuda pidiendo ayuda. O cuando se inventó una colecta para que Lina Morgan actuara en el pueblo. Los mozos le querían linchar al descubrirse el engaño. Menos mal que devolvió la recaudación, pues nunca fue deshonesto.

Mi hermano y yo coincidimos en que el desvarío se iba apoderando de su cerebro. Entre broma y broma se dedicaba a contar historias de la mili, tema recurrente para sus chanzas y zarandajas. La suya fue la ‘quinta del pañuelo’, aseguraba ufano el hombre, como si aquello tuviera una importancia que se nos escapaba. Y es que la llamada a los quintos para cumplir el servicio militar era todo un acontecimiento del que presumían los jóvenes de antaño. Sea como fuere, el tío Facundo pasó a ser Faustino V, denominación que le venía que ni pintado y que él encajó de buen grado.

Un día, ya chisposo, nos susurró al oído que su herencia sería para mi hermano y para mí.  Llenos de gozo, y crédulos, rogamos por que se acelerara el proceso —una muerte digna, eso sí— para ver recompensados nuestros esfuerzos por soportarle, pues el viejo —con buenas palabras que conmovieron nuestras almas—   nos pidió que le cuidáramos cuando se viera impedido. Los meses se sucedieron y el tío Faustino —reconocido como Faustino V— aunque imposibilitado de levantarse, alargaba su presencia en la Tierra y seguía haciendo gala de su buen humor. ¡Qué tío!

Por fin, una madrugada de invierno, cuando los témpanos de hielo colgaban de los tejados del pueblo, entregó su vida al Santísimo con una sonrisa de oreja a oreja. Unas semanas más tarde, acudimos al notario para proceder a abrir el testamento. Menuda cara se nos quedó. La herencia consistía en un horroroso retrato suyo presidiendo el comedor y un montón de deudas repartidas por las cantinas de la comarca. ¡Maldita la gracia del tío Faustino, que seguro que se estará partiendo de risa en su tumba!

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