Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

EL DESGRACIADO QUE OLVIDÓ COMO REIR por María Belén Tite Haro (Ecuador)

Porfirio Días Delaura era un desgraciado. Hombre de semblante pálido, blanco como un muerto. La vida a uno lo compensa o con dinero, belleza, inteligencia, carisma, en el peor de los casos amor. De hecho, si uno calla lo suficiente puede oír como el viento es de carcajadas. No es que me falten tuercas, sucede que el alma ríe de la desgracia propia. ¿Nunca lo ha sentido? Ese cosquilleo extraño, esas súbitas ganas de vomitar, a veces un vacío en el estómago cuando se piensa demás. De no haberlo percibido, permítame extenderle mis condolencias, es un desalmado. Como iba diciendo, Porfirio era un cínico, un pobre diablo que nació sin saber reír. Intentó de todo, ver payasos, poner discretamente el pie a los ingenuos para que cayeran, hacerse cosquillas, tan fuerte que la piel se le caía a pedazos. Gritar “JA” a los cuatro vientos, con todo el aliento. Sin embargo, nada, no oía entre sus vísceras el cálido tono de una carcajada. Estudió el principio de la risa que parte de la humillación. En uno de sus últimos intentos por ser “feliz”, se arrojó al corral de los cerdos, tenía una granja, giraba con las graciosas criaturas sobre los desperdicios de comida y excrementos. Un cerdo incluso se sentó sobre su rostro. A riesgo de casi morir asfixiado entre las nalgas de la obesa criatura, se quedó un buen rato pensando una nueva estrategia para reír, sintiendo el hedor perfórale la nariz, el fango humedecerle hasta los huesos. Nada, no consiguió inspiración entre las carnosidades del maloliente. Lo más lógico le pareció infiltrarse en una sociedad de risueños. Sí, estudiar de cerca a los que son ‘felices’, descubrir sus más íntimos secretos. Se preguntó entonces: ¿cuál es la gente que siempre ríe? El logaritmo parecía sencillo, los ebrios. Siempre libertinos, despreocupados por los efectos de la bebida, idos de la catástrofe que es el mundo real, en fin, idiotas. Parecía sencillo frecuentar cantinas, obstante, esos ebrios estaban entrenados y aburridos de la vida. Resultaban desesperantes sus caras largas y moradas.  

Entonces, se fue a la guerra. ¿Cómo no iba a hacerlo? Los soldados pasaban ebrios la mayoría del tiempo para no pensar en ciertas cosas… ¿Obvias?

Había tantas carcajadas como balas, tantos tacos de ron barato como granos de arena en la costa. Porfirio, a más de ser desgraciado era torpe, marchaba con la gracia de un pato, sus inquietas piernas lo hacían tropezar sobre los soldados. Es más, nunca aprendió a disparar, es decir, lo hacía chueco, confundía el cañón del arma. Una noche, tres días antes que el pelotón se trasladara a la trinchera en la Frontera Sur de país, los hombres se reunieron a beber alrededor de una fogata. Comenzado la madrugada, Porfirio, menos tímido gracias a los tragos se acercó a Pablo, el bromista del grupo, portador de una risa escandalosa, lo suficientemente estruendosa para compartirse.

-Dime, muchacho. ¿Qué se siente reír?

-Miren a este demente. Hombre, deja de jugar conmigo, es imposible que no hayas reído.

-Te lo juro, que te mueras si no es cierto.

-A pues, ¿ves la fogata? Se siente ese fuego recorrer las venas hasta inundar el pecho.

Lógicamente, Porfirio agarró una ramita encendida y se la tragó. Sintió un incesante dolor destruirle la garganta y consumirle parte de la lengua. Hizo movimientos tontos, como los de un mono en el aire. Causó naturalmente la risa de los demás soldados. Pablo se arrojó al suelo agarrándose el abdomen para apaciguar el dolor de sus músculos contrayéndose por la “felicidad”. Calló de golpe. Con un cuarto de lengua sana, debió ser que la saliva extinguió el fuego de su boca,  lágrimas en los ojos y los intestinos quemados, Porfirio le preguntó: ¿por qué callas de pronto? –Recordé que pasado mañana me muero-, respondió. Se propagó entonces un silencio de ultratumba, donde solo reía el viento.  Porfirio concluyó de inmediato que la muerte era traba para la “felicidad”. La causante de que naciera sin risa y fuera a morir sin haber sentido en buenos términos el fuego en el pecho sería la muerte. Eso, esa era la solución, aniquilar la muerte. Verla directamente al rostro y dispararle entre los ojos. Miró entonces con una frialdad psicópata a Pablo, agarró el arma del bolsillo trasero. Pensó que fusilarlo le daría una lección a la muerte, causarle miedo, miedo al punto que dejaría de ser inmortal. Pensó que lograría dos cosas, la primera callar las carcajadas del viento, y la segunda, ser feliz. Pablo lo miró risueño, su temor se camuflaba en la espesura de la bebida, ya estaba demasiado idiota para caer en el pavor que de la realidad. Porfirio, por lo ebrio y torpe, más torpe que ebrio, agarró mal el arma. –Voy a dispararle a la muerte-, hizo un intento de carcajada. Entonces, se suicidó. Claro que es un cómico error. Sin embargo, hay que darle crédito porque mató a su muerte. Su cuerpo envuelto en sangre cayó sobre la hoguera. El viento agudizó su sinfonía de risas descaradas. Los soldados como si nada fueron campantes a la guerra. Conclusión, tenga cuidado si no sabe cómo reír.

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