Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

EL BAUTIZO DE LA MUÑECA por Ana Medina Martínez (Alicante)

Voy a recordar un hecho ocurrido en mi niñez. No puedo precisar la edad que tenía por aquel entonces, pero viene a mi memoria un tiempo de privaciones, donde los niños, no teníamos ni bicicletas ni muñecas para jugar, saltábamos en la calle y nos entreteníamos con cualquier cosa que cayera en nuestras manos.

   Era la época de los cincuenta, y lo que, si recuerdo, un grupo de chicas que nos juntábamos en la calle. Todas no estebábamos en las mismas condiciones económicas. Por eso, las que tenían juguetes, bajaban a la calle con ellos y los compartían con las que no teníamos, —anitamedinamdp@ que éramos la mayoría—.

  Cada domingo después de la misa de once, las inseparables, como solían decirnos, íbamos en pandilla a la iglesia con una muñeca prestada. Cuando el cura se retiraba a la sacristía, y los fieles iban saliendo, el santo recinto quedaba vacío. Era entonces, cuando nos acercábamos en forma sigilosa a la pila bautismal; poníamos la muñeca[AMM1]  cabeza para abajo, mojábamos su pelo a la vez que le dábamos un nombre, y de esta manera quedaba consagrado el santo bautismo.  

  Después de esta ceremonia, nos juntábamos en la orilla del rio para hacer el convite. Todas llevábamos algo para comer.  Poníamos la mesa utilizando cualquier tabla que encontráramos y, — sobre ella colocábamos, exquisitas rosquitas, madalenas, caramelos y otros dulces, que hacían las delicias de todos los que estábamos en el convite. Ese día ocurrió algo inesperado, tras sacar los refrescos, no sé como apareció sobre la mesa, —una botella de anís— (El mono), la había traído Pepita, que al no tener nada para el festejo, se la había sustraído a su padre sin que este se diera cuenta.

  Empezamos el festejo y todo era risa, canto y alegría. Pasando las horas, yo notaba algo raro, un calor excesivo me recorría el cuerpo. Los juncos del rio se abalanzaban sobre mí y no me dejaban ver las aguas, pero no me impidieron reparar en la figura de mi madre, seguida del cura, el sacristán y el monaguillo, que trataban de cruzar a la orilla donde el grupo se encontraba.  Mi madre, con una gasa negra que le cubría la cabeza, al estilo de la época; los brazos en jarra apoyados en la cintura, balanceándose de un lado a otro,

tratando de mantener el equilibrio sobre la pasarela, y así evitar que la corriente la derribara, vociferando, — ahora cuando llegue te voy a matar.

(Te voy a matar, repetía… Que vergüenza, todo el pueblo se ha enterado que mi hija se ha tomado una botella de anís el mono; yo, tratando de suavizar las cosas le contesté entre sollozos: —no mamá la tomamos entre todas. A esa altura de los hechos, mi madre, el cura, el sacristán y el monaguillo, habían perdido toda compostura. Llorando la mona que tenía encima, me aferré fuertemente a la cabeza del cura, para no caer en las manos de mi madre, que, aunque yo no creía que me fuera a matar, tampoco estaba muy segura de que no lo haría, —con lo furiosa que estaba—. El monaguillo que no entendía muy bien lo que allí estaba pasando, rezaba sin parar un padre nuestro tras otro pidiendo la absolución de nuestras almas.  Así terminó el bautizo de Aurorita, ese fue el nombre que le dimos a la muñeca, causante del festejo. Al día siguiente después de haber dormido, casi veinticuatro horas seguidas, desperté feliz pensando que el (anís El mono,) tenía; un no sé qué especial, por eso la gente hablaba de él con tanto beneplácito.

 

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