Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El bar – por José Lorenzo Blanco (Salamanca)

-Y éste es el único bar que tenemos en el pueblo -le indico solícito a mi acompañante.

Tenemos que sortear un carretillo que, en medio del paso, obstruye el acceso a la terraza. Una parte de ella se halla cubierta por un tejadillo mientras que la otra recibe sombra de un dosel vegetal.

-Mejor la terraza -sugiere él dirigiéndose hacia una mesa bajo unas glicinias.

Unas pocas mesas están ocupadas, todas por habituales del local. Les saludo en la distancia. Algunos responden con frases cortas y otros esbozan solo un gesto de reconocimiento.

Estamos esperando al camarero cuando veo acercarse a Pascual, uno de los personajes singulares del pueblo. Viene como siempre, desgreñado, con la ropa desordenada y luciendo unos pies repugnantemente sucios dentro de unas desvencijadas sandalias. Se coloca detrás de mi invitado y antes de que pueda advertirle se oye la voz cavernosa y lastimera de Pascual.

-¡Oiga, señor, estoy muerto! -y sin solución de continuidad-. ¿Me da un cigarro?

El susto de mi camarada es tremendo. Se gira en escorzo y del sobresalto casi se ha incorporado.

-Pascual, los muertos no fuman -le digo al inofensivo vecino mientras hago un gesto calmado a mi invitado-. Y nosotros no tenemos tabaco.

Llega el mozo y le espeta cortante:

-Te he dicho que no estás muerto pero que si insistes te voy a matar yo de cinco puñalás.

El pobre infeliz se aleja en silencio arrastrando pesadamente los pies.

-¡Deja al hombre tranquilo! -se escucha una voz gangosa de otro parroquiano. Habla muy lentamente como si tuviera que mascar cada sílaba. Agita a la vez una mano temblorosa.

-La libertad de un hombre es un derecho sagrado y… -proclama con lengua de trapo “El Tiras”. Está sentado en una mesa al fondo y ha erguido un dedo admonitorio. Pero se ha detenido como si atendiera, con suma atención, a los argumentos aducidos por la media docena de botellines que tiene delante.

-No te preocupes, son inofensivos -trato de calmar a mi azorado amigo.

El camarero repiquetea los dedos sobre la bandeja. Es su forma de decirnos que nos estamos entreteniendo demasiado con la comanda.

-Dos cervezas y… -me deja con la palabra en la boca. Ha salido disparado hacia el interior del bar. Ni siquiera ha retirado los vasos, botellas y platos que se amontonan sobre nuestra mesa.

-¡Señor alcalde! ¡Señor alcalde! -grita entonces uno levantándose tan precipitadamente que derriba su silla y hace temblar las botellas y vasos de su mesa.

El aludido se ha detenido un momento en la entrada y ha escrutado el horizonte del bar. Parece esperar un coro de aclamaciones que finalmente, no llegan. Desdeñoso, se deja caer pesadamente en la misma silla que ocupa cada día.

-Señor alcalde, las gallinas de Mariano han vuelto a escaparse y me han comido todas las tomateras que planté el jueves.

-¡Falso! -proclama en voz alta Mariano desde la misma mesa que abandonó el agraviado-. No se escaparon, se trataba de una manifestación por su libertad debidamente autorizada por la Subdelegación del gobierno.

Antes que Julián, el alcalde, pueda contestar, se acerca otra clienta renqueando.

-Alcalde, sigo esperando que coloquéis mi estatua encima del campanario -acaba su advertencia con un mohín de disgusto.

Otro cliente le increpa desde su mesa demandando algo sobre el cerdo que lleva atado por una correa. No puedo entenderlo entre el alboroto general.

El edil no se altera.

-¡Tranquilos, ciudadanos! Hemos de mantener las prioridades en el gasto. Lo que es principal debe ser lo primero. No haremos nada hasta que no hayamos acabado el aeródromo del “Prao de los corchos”.

-¡Pero si aquí no viene ni una mísera avioneta! –protesta la de la estatua.

-Pues, para cuando vengan -cierra la discusión el alcalde.

Para entonces mi compañero está sobrepasado, parece temerse que estemos en la cafetería de algún centro psiquiátrico. Comienza a mirarme con recelo, como si pusiera en duda mi cordura.

En ese momento llega el camarero con dos copas de vino blanco en las manos y manteniendo en un equilibrio imposible un cuenco de aceitunas verdes. Deja caer todo sobre la mesa.

Sé que mi amigo odia el vino y yo no soporto las aceitunas. Trato de quitar hierro al asunto:

-Aquí se vive una vida muy tranquila y sin sobresaltos.

A pesar de mi vano intento mi acompañante va a iniciar su queja al camarero cuando la voz de “El Tiras” se eleva sobre la algarabía.

-¡Hemos sembrado iniquidad y recogemos tumultos!

Demasiado estupor para que no se imponga un momentáneo silencio.

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