Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

EL ATENTADO por Daniel Calles Sánchez (Salamanca)

Un relámpago cruza el cielo mientras Antonio de la Babia saborea un helado con forma de pie de color rosa, pese a que su asesor, que va junto a él en el asiento de atrás del coche oficial, le ha insistido en que iban mal de tiempo, y que un helado en invierno tal y como estaba de la garganta y justo antes de un mitin no era muy aconsejable. Al relámpago le sigue pocos segundos después el trueno correspondiente, que parece retumbar sobre sus cabezas. El presidente en funciones de la comunidad autónoma y candidato a la reelección se sobresalta. Justo a la altura de su cada vez más incipiente barriga empiezan a caer unas gotitas de color rosa. Entonces mira a su asesor abriendo mucho los ojos y encogiéndose de hombros, mientras se introduce el dedo gordo del helado en la boca. Su asesor saca un pañuelo, lo chupa y trata de limpiarle al candidato las manchas. Fuera, comienza a diluviar.

            —¿Este es el pueblo? —pregunta mientras mira a través de la ventanilla— ¿Pero cómo puede alguien vivir aquí, en el culo del mundo? ¿Cómo dices que se llama?

            —Ya se lo he dicho: «Te perdiste», y es un pueblo con mucho encanto. Con lluvia no iremos a verlas, pero tiene unos restos muy bien conservados de una villa romana. Y pese a no llegar a los cuatrocientos habitantes, es el pueblo más importante de la provincia en la elaboración de obleas, son conocidos por ello.

            —Ya, claro, todos los puebluchos son conocidos por algo. Pero está muy lejos, ¿por qué la gente no se va a la ciudad más cercana, o a la capital? No entiendo. ¿Pero qué quieren que hagamos? ¿Y nosotros gobernamos aquí?

            —Sí, ya le he dicho que es un municipio clave. Siempre ha coincidido que cuando el gobierno del pueblo ha cambiado a favor de un partido, también lo ha hecho el de la comunidad en el mismo sentido. Siempre. De ahí el mitin sorpresa en la residencia de ancianos.

—¿Y vendrá alguien? —pregunta con la boca llena y los labios manchados de rosa, sin saber dónde dejar el envoltorio del helado.

—Nuestro Community Manager estará y retransmitirá en directo su discurso. Céntrese en hablar sobre generalidades, porque en el último pueblo en el que estuvo prometió médico todos los días y todavía les estamos dando largas.

—Es que mira que no tener médico…

—Este tampoco tiene todos los días. Haga el favor, don de la Babia, haga el favor… —le pide cogiéndole el envoltorio directamente de la mano.

            El coche para frente a la residencia «Todo acaba» y el asesor sale, abre su paraguas y se dirige a la otra puerta del coche para que el candidato no se moje. Cuando entran en la residencia veinte ancianos ya lo están esperando en el salón, y la directora y el médico lo reciben con reverencias mientras estrechan su mano. El Community Manager del partido espera sentado en una silla, al fondo, con el móvil preparado.

            El asesor se sube a una pequeña tarima hacia la que están mirando todos y anuncia, después de pedir disculpas por el retraso, que el presidente en funciones de la comunidad y principal candidato a revalidar el mandato, el señor de la Babia, va a dirigirles unas palabras. Solo la directora y el médico aplauden. Un anciano abre momentáneamente los ojos y se vuelve a dormir. Y una mujer, al fondo, agita la bandera del partido con poco entusiasmo.

            Antonio de la Babia comienza a hablar y pronto su discurso deriva hacia sus recuerdos de la infancia, cuando vivía en su pueblo. El asesor sonríe, eso es lo que gusta en provincias y lo que hace de él un candidato cercano, campechano, pese a que en realidad es multimillonario y en su pueblo tan solo vivió hasta los diez años. Todo transcurre con normalidad, todo se está retransmitiendo en directo por las redes sociales y los ancianos parecen estar tranquilos, escuchando. Pero de pronto, una anciana se levanta del fondo de la sala y avanza con su andador hasta plantarse frente al candidato. Se para, le mira, y desafiante se desabrocha el albornoz. Para entonces Antonio de la Babia ya ha dejado de hablar y se ha quedado observándola, como si fuera una vaca viendo pasar un tren. Bajo el albornoz, la anciana lleva una camiseta de uno de los partidos de la oposición. Cuando se quieren dar cuenta, la mujer está gritando «¡De la Babia, embustero!» con un globo lleno de pintura en la mano. Lanza el globo con mucha puntería, pero con una habilidad inesperada el candidato lo coge en el aire sin que se llegue a estrumpir. El Community Manager, que había estado a punto de dejar de grabar, se alegra de seguir haciéndolo, esa escena va a ser todo un boom en redes, piensa. Pero Antonio de la Babia mira entonces a la anciana, que desilusionada se ha quedado de pie frente a él, agarrada a su andador. Y entonces frunce el ceño, tensa el músculo del brazo con el que sostiene el pequeño globo lleno de pintura y se lo tira a la anciana, mientras le grita, enrabietado: «¡Terrorista!». En ese momento la residencia enmudece y el Community Manager y su asesor se miran, sabiendo que pronto tendrán que buscar otro empleo.

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