Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

De Una Plaza es la Nada – por Edith Carril (Argentina)

La verdad, no sé cómo encararte.

Desde una esquina de la habitación, te observo en gris, con un dejo de extrañeza.

 Quisiera de una vez por todas nos entendiéramos. Aclaro, que no me interesa tejer ningún tipo de amistad. Esto no quita, que me permita, una especie de recreo ético circunstancial  y de ese modo; achicar el espacio que ahora nos desune. Es la penumbra, quién envuelve solitaria mi actual desnudez.

No tengas miedo, ya conozco tu opinión; en varias oportunidades, has sido frontal. Es más, agregaría: ofensiva.

Es llamativa la actitud, esa paradoja que orgullosa enarbolás como estandarte. Parecés tan moldeable en tu amplia blancura  y sin embargo, me obligás a un ajuste forzoso. A una brevedad injusta, involuntaria, de ceñirlo todo conforme, según tu capricho.

Lamento decirlo: tus bordes se desprenden, sin rumbo; danzan a su antojo. Frecuentemente, esto conlleva al odio, cuando mis manos se oponen a la tirantez, y fracasan ante el estiramiento de tu superficie.

Lo pienso, te pienso; reflexiono, te vuelvo a observar, y sí , te comportás como una cretina. Provocás tensión en mis hombros, en mi otro yo cautivo; en mi cansino interior, ante la ausencia de tanta incertidumbre descarada.

Te vendés como llana, lisa, impecable; para luego transformarte en un embrollo. Reducida a despojos de lo que pretendió ser una cama bien dispuesta y estirada: un matete impredecible de nudos y desnudos, de quién desee estar en el dulce lecho.

Te estiro sábana, pseudoelastizada, hasta dónde te dejás. Insisto, una y otra, y otra vez lo hago; repito hasta el cansancio mil veces, pero fallás; me fallás. Ante mis ojos, te desprendés, te descollás impune, alocada; histérica.

Sábana amiga-enemiga: ¿ a qué clase de neurosis pertenecés, qué añorás, con semejante rebeldía?

 La insatisfacción te ha vuelto enferma; ida y torpe.  Ya no sudás junto al colchón, lo despreciás, cual isla errante, desprendida al continente; deslucida. Tus ángulos son insaciables, atrevidos ¡no me respetan! Saltan enardecidos sobre mi dorso, me interpelan; pelean: vil estafa: festejan.

No obstante, no me rindo ni resigno, encontrar una tregua; algo que nos devuelva la dignidad; nos convierta más sensibles y dialoguistas. Por eso estuve pensando, en algunas soluciones, alternar con la sincera luz del sol que atraviesa el ventanal.

 La primera, sería acariciar tu fibra elástica, empatizar con ella; la segunda: oir tu voz, mezcla gótica muy loca, de zumbidos y cuencos insonoros.  Percibirte, extremadamente sufrida, quizás, por la pérdida de algunos de tus hilos, descolorida, (como si estuvieses fuera del eje) y claro, cómo no comprenderte. Todo ser anhela un camino, una convicción. Ese filamento rector, por qué no, sagrado, que nos guíe hacia los días venideros.

Siempre traté de restaurarte, cuidarte, protegerte. Como he podido, uní con delicadeza, tus finas hebras, entre mis dedos. Comprendeme “ché vos”, sábana voraz, no es lo mío la costura; pero creo, que hay momentos en la vida, se  nos exige un gran esfuerzo; una inmedible paciencia. Tus falencias me han dolido, me duelen, me castran; pero en un punto nos iguala, abrazadas a los pies del rey Edipo. ¿Quién podría acusarte, acaso sos culpable ante la falta?

                                                       Me declaro incompetente, inconsistente,

                                                                                    -latente-

                                                                                ¡Te perdono!

                                                                                    -te dono-

                                                                Después de todo, reconozco,

                                                             las diferencias suelen ser vanas:

                                           desde un padre ausente, hacia un elástico ausente,

                                                          de una completud a un gran vacío,

                                           desde un hilado de oveja a un telar de buena seda,

                                                     puede haber un rocío, un beso, un olvido

                                                                            recordado- amado

                                                                                   -un hastío-

                                                                  un minúsculo centímetro,

                                                                                  ¡qué digo!

                                                                                  una nimia,

                                                                               un milímetro:

                                                                                 -una Nada-

                                                                             La Nada misma,

                                                            entre una sábana, y mi almohada.

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