Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Daños colaterales – por Cristina Sanfélix Madrid (Valencia)

¡Vamos Manolo déjame salir! No señorito Honorato, las normas prohíben  su salida fuera del  recinto. ¿Pero qué puede pasarme, acaso no conozco la ciudad mucho antes que tú nacieras? No insista señorito y no me obligue  dar parte a las Autoridades Culturales. Venga compadre si no es la primera   vez   me escapo, solo cambia que hoy he sido bueno y te pido permiso ¿Verdad que  nunca has  oído que ha pasado nada? Bueno para ser sinceros la que salió perjudicada fue mi amada Margarita y como castigo ya no sé dónde la han trasladado, pero qué te explico yo, si no te enteras de la misa la mitad con esa cara que te dieron. Y además ¿a quién vas a llamar si tu memoria no da  ni para articular más palabras   en estos momentos?

Los tics del bondadoso Manolo iban alzándose junto a su machaque mental de  que no debía ceder a las peticiones del señorito. ¡Faltaría  más que lo tomaran por tonto! Solo llevaba unos meses en este trabajo y esta vez, estaba convencido que le duraría más que el último que había tenido. El tintineo de sus  llaves iba haciendo marca en sus temblorosas  piernas y con la otra mano no podía parar de arrancarse mechones de pelo de su  ridícula coleta que tantos años le había costado tener. Mientras, Honorato iba probándose  toda clase de ropas que sigilosamente agarraba del que tenía delante. Me parecen  extravagantes estas vestiduras tan fuera de mi época, pero   de éste  voy a cambiarme un trozo, creo que mi aspecto traslúcido llamaría demasiado la atención y este excesivo  tiempo sin salir  me ha dejado grandes   marcas de ojeras. Y sin pensarlo más, sus manos de color ceniza  desenroscaron  e intercalaron  las cabezas de ambos.

El pobre Manolo lo observaba desde su cuchitril ridículamente  llamado cuarto de vigilancia. Pantallas obsoletas y poco funcionales  transmitían en directo la grotesca escena del señorito Honorato. Las demás figuras  permanecían quietas e indefensas ante el nuevo brote delirante del señoritingo. La corta correa mental de Manolo no daba para más  y compulsivamente sus giros por el cuarto iban mareándole aún más ¡Tonto no soy! , igual me cuesta   un poco más  entender las cosas pero nada más señorito.

Honorato sabiéndose a sus anchas ante tal individuo,  agarró de un solo movimiento el manojo de llaves del conserje quedándose marcadas en sus manos tan domables. La cabeza del extraño,  escasamente enganchada al cuerpo  tan pequeño del señorito,  se tambaleaba  pero qué más le   daba si  su objetivo era salir de este edificio sin ser reconocido, el sr Honorato había sido un ilustre de la nobleza, pero era incapaz de darse cuenta  del infame muñeco en el que se había convertido con los años. Empezó notando  mucho   calor   y a cada paso que daba iba dejando  un marcado  rastro de cera, ¿no habrá sido el tontaina  de Manolo? Reculó hasta el bedel  que  permanecía postrado   sobre el termostato sin saberlo, ¿se puede ser más  inútil Manolo? y perdiendo ya del todo su compostura, el señorito intentó    gritar  sin  poder articular ninguna  palabra más  ya que parte   de su nueva  mandíbula salió disparada con tan mala suerte que rebotó en la  cabeza de Manolo  quedándose éste  del todo inconsciente.

Esa noche en el Museo todas las figuras se deshicieron. A Manolo le despidieron  pero él  estaba convencido  de que   todo lo había  hecho muy bien durante su turno de trabajo, ¿no se habían dado cuenta  de que  ninguna figura había salido del museo? Y  para nada entendía esa carta  tan llena de   palabras  desconocidas para él como  perjuicio cultural  que si daños¿ colate qué?, co la te ra les ,  ¡que  eso no se lo enseñaron en el cole y que para trabajar  solo le pedían el graduado escolar!  ¡Y que tonto no es! pero igual un poquito corto de mollera, sí.  Aunque tampoco comprendía porque no le habían hecho otra clase de carta, esas de recomendación que quedan  muy bien cuando las presentas en el INEM    y así de  absorto iba Manolo  por la calle  mientras la vida seguía. A Margarita que no había presenciado la catástrofe, la traían intacta  y restaurada del taller,  entró   por la puerta grande del recinto, inocente y animada por volver a ver a  su queridísimo Honorato que yacía postrado a sus pies, pese a su pesar,  un poco descabezado y bañado en un charco de cera.

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