Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

COLCHÓN NUEVO por Fernando Fernando Gabriel Bozzola (Argentina)

Volvía del trabajo y lo vi. Puse el portafolio en mi mano izquierda y lo levanté con la derecha. No era muy pesado. Calculé que podría llevarlo las cinco cuadras que me faltaban para llegar a casa.

La verdad es que las cosas entre Martha y yo no venían muy bien. Me refiero al tema sexual. Los años de matrimonio no son en vano. Y me sentía entre agobiado y algo responsable. No puedo llamarme un tipo muy creativo o innovador. Más bien lo contrario.

Y Martha tampoco lo era.

Pero en cuanto lo vi, pensé que un colchón nuevo podría cambiar nuestra eterna rutina del sexo anual. ANUAL, que se entienda bien. Nada de cosas raras.

Llegado a este punto el colchón no me pesaba. Tal vez influenciado por el continuo canturreo de Martha sobre las energías negativas y positivas, me convencí de que si cambiábamos el colchón, el triste aunque poco vapuleado colchón nuestro, por otro, por ahí quién te dice.

A medida que me acercaba al departamento me fui sintiendo más seguro. No pensé, es cierto, en la reacción de Martha, siempre fóbica con el tema de la limpieza. Problemas menores. Dejaría el colchón en el pasillo y mientras ella miraba la tele lo entraría y haría el cambiazo.

Cuando llegué me aseguré de que nuestra salvación sexual quedara oculta en el hueco de la escalera. El estado de excitación se me debía ver en el rostro a juzgar por el recibimiento de Martha.

—¿De qué te reís, imbécil?

—Hola mi amor, fue mi cariñosa respuesta, con intenciones de ir preparando el terreno para la faena por venir.

—Tu hijo, otro inservible, se fue a lo de la novia así que hoy estamos solos. Si querés comer llamá al delivery.

—Estupendo, contesté sin darme cuenta de lo que decía.

—¿Qué es estupendo?

—Nada mi amor, una noche romántica.

Martha dio vuelta la cabeza y por toda respuesta siguió mirando la última novela turca.

Era mi momento.

Salí con sigilo y entré por la cocina el colchón nuevo.

—A ver cuándo arreglás la canilla del baño, me gritó Martha, hace dos meses que pierde. Se ve que a vos te regalan la plata.

Llegué a nuestra habitación. Como un prestidigitador y casi con su velocidad, hice el cambio de colchón e hice la cama. El viejo lo llevé a la habitación de nuestro hijo.

La llamé a Martha con la excusa de querer contarle algo. No recuerdo qué. Para mi sorpresa vino a la habitación. Le pedí que se acostara a mi lado y también accedió.

Está funcionando, me dije. Este colchón es nuestra salvación.

Se acurrucó a mi lado y pude sentir sus manos tocándome, acariciándome, susurrándome cosas indecentes al oído. Tuvimos el mejor sexo de nuestro matrimonio.

A las dos horas desperté.

Martha seguía mirando su telenovela turca.

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