Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

CINCUENTA Y TRES por José Jiménez Arjona (Sevilla)

Don Anastasio era un hombre serio y culto. Sobre las espaldas de sus cincuenta y tres años cargaba el peso de todo un linaje de antepasados varones, todos ellos hombres serios y cultos. Y todos ellos muertos a los cincuenta y tres años en lamentables circunstancias. O, al menos, así le parecía a tía Brígida.
Tía Brígida no era muy culta, ni mucho menos seria, ni muchísimo menos un varón. Sin embargo, aunque nunca se deleitó con la lectura de autores clásicos ni contemporáneos, lo que no se le podía negar era una prodigiosa inteligencia y un gran instinto para propiciar situaciones kafkianas, infructuosas e inverosímiles.
Brígida de Benavides y Sotomayor era una mujer firme, resolutiva, enérgica, implacable. A sus cuarenta y ocho años, nunca había sentido la necesidad de relacionarse con ningún varón, según ella misma espetaba a sus amistades. Sin embargo… la hermana del difunto padre de Don Anastasio, seguramente no decía toda la verdad.
Horacio Trebujena era el fiel y utilísimo mayordomo de la casa de los De Benavides y Sotomayor. También era cocinero, mecánico, electricista, pintor, carpintero, albañil, contable, asesor legal y confesor de guardia. Trabajos que desempeñaba con entusiasmo y eficacia desde apenas cumplidos los veinte años de edad, hacía ya más de treinta…
Hay que decir que los De Benavides y Sotomayor era una muy ilustre familia, último vestigio de un muy noble, y prosperísimo pasado que por esas impertinentes bromas que inagotablemente da la vida; dio lugar a un precario, decadente y anacrónico presente; y cuya residencia arraigaba en una vetusta casona en tierras del ducado de Osuna.
Por aquellos días, el turbulento desasosiego de Don Anastasio era perturbador. Percibía que sus mezquinos días llegaban pronto a su fin. Pero… dentro de su cultivado cerebro, alguna extraña pieza comenzó a funcionar y algo parecido al diseño de un plan de supervivencia ¡iba tomando la forma de tabla de salvación!
– ¡Horacio¡ – retumbó el eco sobre las atizonadas paredes del caserón.
– ¿Señor? – contestó el arrogante mayordomo obsesionado por la solemnidad y protocolo que la carga del cargo le confería.
– He estado reflexionando. Durante doscientos doce años todos los primogénitos varones de mi familia han sufrido una nefasta maldición: todos murieron con cincuenta y tres años.
– Exacto, Señor, exacto. –proclamó Horacio.
– En cambio, las mujeres; primogénitas o no, han vivido apaciblemente más años de los que realmente se merecían.
– Lamentable, Señor, lamentable – decretó Horacio.
– Nunca nadie ha sido capaz de desentrañar este aciago misterio.
– Nunca, Señor. Nadie lo consiguió nunca. –Apostilló Horacio.
– ¿Qué sería yo sin tus elocuentes proposiciones, Horacio? Sin embargo, en esta ocasión yo mismo, y sin tu cualificadísima ayuda he llegado a una heroica solución que me va a permitir salvar la vida.
– ¿En serio, Señor? –Se atrevió a interpelar Horacio.
– ¡Efectivamente Horacio! No he resuelto el enigma, pero se como burlarme del adverso final que el destino me tiene preparado.
– ¡Bravo, Señor! –Glosó Horacio.
– Escúchame con atención Horacio: dado que únicamente los varones de mi estirpe somos los que sufrimos este infame final, y sin embargo las mujeres de esta familia perduran inmunes a tal arcano… la solución es muy sencilla: ¡me someteré a una operación de cambio de sexo!
– Una idea magnífica, Señor. –Acreditó Horacio.
– Me has salvado la vida, Horacio. Sabía que tu profunda sabiduría me aportaría la tranquilidad necesaria para afrontar con bizarría mi, ahora sí, viable destino. Ahora mismo se lo comunico a tía Brígida: ¡tía Brígida!
Tía Brígida, que había estado auscultando todo el circunloquio tras la barroca puerta del salón, entró con la fuerza de doscientos caballos de potencia en el churrigueresco recinto. Tal era su irritación que la voz le explosionaba en lo más profundo de su faringe y sus cuerdas vocales eclosionaban soflamas:
-Borricos, grandísimos zopencos. Conque una operación de cambio de sexo, ¿no? Mas bien lo que urgentemente necesitáis es una ración de azotes en vuestros insulsos traseros ¡cambio de sexo! ¡patanes!
Nadie se atreve a proclamar por qué nuestros varones tienen la poca cortesía de morir con cincuenta y tres años. Pero lo que sí es seguro que tu no vas a morir por la maldición, aunque no cambies tu anodino sexo por otro indefinido.
-No entiendo. ¿por qué en mí se va a producir semejante prodigio? –arguyó Don Anastasio, encendido como un sirio en viernes santo.
– ¡Porque sabes perfectamente que eres adoptado! so ceporro ¡Y Horacio también lo sabe!
– Irrefutable, Señora, irrefutable. –finiquitó Horacio.

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