Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

CASTAÑO CLARO CON REFLEJOS NATURALES por Irena Hernández Domínguez (Sevilla)

Esto no es bueno, no es nada bueno, se está levantando un viento que no me gusta ni un pelo, nunca mejor dicho, porque soy un peluquín de alta calidad y pelo natural de tonalidad castaño medio y voy sobre la cabeza de mi propietario, un ex calvo de cuarenta años que me adquirió hace pocos días y todavía no confío mucho en su pericia para colocarme de forma adecuada.

Se hizo conmigo días después de su cumpleaños, al parecer no podía viajar hasta Turquía para hacerse uno de esos odiosos implantes que están dejando sin trabajo a los de mi gremio, así que se dirigió hasta la tienda de pelucas más famosa de la ciudad, Viuda de García e Hijos, y después de muchas pruebas decidió quedarse conmigo.

¡Cuidado al doblar la esquina! ¡Cuidado! Que las carga el diablo, cuando menos los esperas el viento te asalta tras ella y ¡puedo llegar a la otra punta de la calle! Así, muy buen, sujétame con disimulo ¡Bravo, Emiliano! Estás hecho un experto portador de pelo simulado.

Hoy me ha repeinado con esmero y ha posado durante mucho rato frente al espejo admirando embelesado cómo su imagen luce rejuvenecida con mi toque magistral. Hay quien opinará que un tono más oscuro hubiera ido más acorde con la escasa franja de pelo natural que mi Emiliano conserva bordeando la coronilla pero ¿quién puede resistirse a mis leves reflejos californianos? Nadie. Y seguro que la chica con la que se ha citado hoy en el Bar Tomate menos aún. Embobada se va a quedar con esta mata de pelo y el flequillo enlacado que se ha puesto.

Ya estamos en el bar, se ha detenido frente a la cristalera y con dos toquecitos me ha vuelto a colocar en condiciones. A veces tiendo a resbalar, pero si mi propietario es ágil no lo notan en absoluto, además sólo pasa cuando suda mucho y hoy hace un día muy fresco, fresco y ventoso. Al entrar se dirige hacia la mesa del fondo, donde la espera una mujer de su edad, tiene la cara redondeada muy simpática, con una nariz respingona que se ve demasiado pequeña en comparación con sus mofletes sonrosados. Los ojos son marrones pero están llenos de espesas pestañas que los hacen muy llamativos. Su pelo es castaño oscuro y lo lleva recogido. Le devuelve a mi Emi una sonrisa amable y lo invita a tomar asiento junto a ella. Le ha dado un repaso disimulado a la indumentaria, deteniéndose un poco más cuando ha llegado a la cabeza ¡Bingo! Si no falla, ¡soy irresistible! A nadie puedo dejar indiferente.

Han pedido unas cervezas con algo de picar, parece que la cita va viento en popa pero, ¡uff que calor hace aquí! ¿Quién a puesto la calefacción tan alta por amor de Dios? No, no, Emiliano, no, controla tus poros por favor que estoy empezando a notar sudor a mi alrededor. Eso, quítate la chaqueta. Total, esas coderas de ante están pasadas de moda. Vaya, han encendido los focos y noto que aumenta la temperatura del local considerablemente. Cuidado Emiliano que estás sudando como si estuvieses en una sauna, Emiliano por lo que más quieras ve al baño y dejar de mirar embelesado a la muchacha, ¡Emiliano que me caigo, que yo ya no aguanto aquí arriba!

Los ojos de la cita de Emiliano se abren de par en par y la conversación cesa. Se queda mirándome fijamente, ya no me encuentro sobre la cabeza de su acompañante sino sobre el plato de ensaladilla. ¡Qué humillación! Mis sedosos cabellos embadurnados de mayonesa y guisantes congelados. ¡Qué tragedia Emiliano! ¡Sin mí la cita se va a pique!

 Entonces, la chica extiende su mano y agarra el brazo de Emi que tiene la mirada fija sobre mí, y la cara más roja que el tomate que está dibujado en la pared del local. El rostro sorprendido de la muchacha se convierte en una expresión de cariño y una sonrisa divertida que rompe en carcajada. Me fijo en Emiliano que se rasca la calva negando con la cabeza y comienza a reír también. La conversación continúa y ambos se ríen de sus defectos, por lo visto ella tiene mucha celulitis y le avergüenzan sus pies. Al poco, llega el camarero que se queda mirándome desde arriba y pregunta “¿Todo bien?” “¿le traigo otro?” Emiliano me mira y sonríe “Que va, tírelo a la basura, probaremos algo diferente”.

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