Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Aunque no Sea lo Adecuado – por Víctor Ortega Esquembre (Valencia)

En cierto momento de su niñez a Ciro todo le parecía adecuado. No porque tuviera una opinión favorable acerca de la realidad (no había vivido lo suficiente como para disponer de un juicio meditado sobre ninguna cuestión), sino porque había leído el término en alguna parte y consideraba que emplearlo con frecuencia, y en sus múltiples formas derivadas, podría serle de utilidad. Adecuado o inadecuado, no existía una gran diferencia para Ciro. “Deberías hornear más pasteles como este, su sabor es adecuado”, decía a su madre. O “ya conoces mi parecer acerca de esos jerséis de punto: son inadecuados”. Lo que Ciro deseaba era hacerse con algún amigo. Lo que en realidad buscaba enriqueciendo su vocabulario de ese modo, pobre niño, era dejar de estar solo.

Ciro era tan complejo como cualquier otro ser humano. Una persona. Era impaciente, mellado, honesto y veloz. Tenía diez años y le habían decepcionado. Todavía no era capaz de articular este pensamiento de una forma concreta, pero todos le habían decepcionado. Sus padres y los maestros en la escuela, ellos le habían fallado. Sus compañeros le habían defraudado también. El colegio al que asistía estaba muy cerca de su casa. Estaba demasiado cerca. Cuando su padre se encontraba desempleado, y eso era algo que ocurría con frecuencia, Ciro podía verlo beber cervezas desde la clase de música. Se sentaba en la mesa de la cocina donde todavía estaban los restos del desayuno y se bebía todas las latas que encontraba, después apoyaba la barbilla sobre los brazos cruzados y desplegaba una lengua blanda y melancólica. Las galletas del desayuno tenían forma de dinosaurio.

A excepción de los dos setter ingleses, Ciro nunca había tenido un amigo. Su padre llevó a los perros a la casa donde vivían una tarde de verano, una de esas horribles tardes que a veces nos brinda el verano. Para ser fieles a la realidad, la historia sucedió justamente al revés: los perros condujeron al padre de Ciro hasta su domicilio. Después de varios meses desempleado, y tras algunas entrevistas fallidas que habían erosionado su determinación de afrontar la situación con algún grado de optimismo, el padre de Ciro decidió enfocar el problema desde un ángulo diferente. Le pareció que la ginebra podía proporcionarle la perspectiva que necesitaba, así que salió de casa una mañana y dedicó toda la jornada a beber el licor que había escogido. Por la tarde los vecinos alertaron a la madre de Ciro de que unos niños habían visto a su marido deambulando. Se tambaleaba por el barrio acompañado de dos magníficos perros de caza, y al parecer los perros estaban demostrando signos de una inteligencia impropia de su naturaleza. Se habían colocado a ambos lados del borracho (los vecinos se expresaron en estos términos) y trataban de guiarlo con indicaciones concisas. “Tenéis que verlo”, dijeron los vecinos a Ciro y a su madre. “Son perros fascinantes”. Después nadie reclamó a los animales y Ciro los aceptó bajo su tutela. La relación que mantenía con ellos estaba cargada de un extraño peso familiar, y aunque los apreciaba de un modo sincero, no lograba ahuyentar la idea de que quizás debía pasar más tiempo con otras personas. Los perros eran un símbolo de su familia, una delegación canina que bien podía deshonrarla. Pero no eran los únicos embajadores. Cuando tenía tres años y estaba en el primer curso de la escuela infantil, la maestra pidió a todos los niños que llevaran su juguete favorito a clase; a la mañana siguiente Ciro cogió su dinosaurio de plástico, que era un tiranosaurio rex, lo metió en la mochila y se fue al colegio dando saltitos de alegría. Cuando entró en el aula la maestra le preguntó qué era ese juguete tan chulo que había decidido llevar, y entonces Ciro recordó el día en que él y su madre habían ido a comprar el dinosaurio, y ya no fue capaz de responder a la pregunta porque se vio sorprendido por un profundo dolor. El t-rex fue el primer representante conflictivo de su familia ante el mundo, y después vinieron las clases de música y los perros.

Pero todo eso, ¿qué tiene de especial? No había en Ciro ningún rasgo de carácter o carencia que pudiera respaldar una explicación satisfactoria sobre su soledad. Se trataba más bien de una encadenación de pequeños infortunios, una sucesión perfectamente natural de desencuentros leves que lo habían ido colocando en una posición siempre tangencial a los demás. Un número impar de niños en el recreo (los equipos ya están hechos, Ciro, pero tú puedes quedarte en el banquillo de reserva). Esas cosas pasan. Un cambio de aula (hay demasiados alumnos en el aula, Ciro, te vamos a cambiar al aula de al lado). Son cosas que simplemente suceden. O una mudanza inoportuna (nos vamos a mudar, Ciro, nos vamos a ir a vivir a otra casa). Eso no tiene nada de particular, forma parte de lo que es normal. Aunque no sea lo más adecuado.

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