Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Arrepentimiento Póstumo – por Ana Davies Rodriguez (Madrid)

“Amigo, tengo guardado para ti algo bueno”. Serafín Capdevila escuchó estas palabras desde su lecho agonizante. Se asomó al reborde de la cama y palpando en la oscuridad apartó la bacinilla para que la claridad que entraba por el ventanuco del cuarto le permitiera ver a aquella figura diminuta que había hablado con voz titubeante y débil: una burla de voz. No había duda de quién se trataba; llevaba meses esperando su llegada. Aquel ojo triangular, enmarcado por aquella melena blanca y rizosa, no permitía la duda; lo había visto muchas veces en los grabados sacros y
en las vidrieras de la iglesia. Un ojo geométrico que no tenía semejante en el mundo terrenal.
Pero dejando a un lado aquel ojo y aquella melena palatina, el resto no armonizaba con la idea que Serafín Capdevila tenía de Él. Bajo aquella magnífica cabellera se entreveían unos hombros raquíticos, un torso enclenque y desmirriado: parecía la mofa de un cuerpo humano.
Enseguida cayó en la cuenta : “A su imagen y semejanza”. El cuerpo de Serafín Capdevila, tras cinco meses de agonía sosegada, estaba pálido y enjuto, parejo a la figura ridícula y sin embargo omnipotente, que estaba en ese momento debajo de su cama.. Mientras esperaba una señal, se persignó y cerró los ojos para abandonarse mansamente a la misericordia del Amigo. ¿Amigo?
Nunca imaginó que Él se dirigiera así a sus criaturas. Había esperado de Él ser nombrado como hijo bien amado, pues como Padre lo había tenido y venerado toda la vida. La punta de una duda hizo blanco en el entendimiento de Serafín Capdevila, que investigó de nuevo bajo su cama. El rayo celeste que lo deslumbró y que provenía del ojo triangular acalló esa duda. Volvió a persignarse preparándose para el inminente viaje. Y como en todos los casos de muerte de cristiano,y seguramente también de pagano, Serafín Capdevila comenzó a registrar en su cerebro, a modo de
película silente, los sucesos que habían formado parte de eso que llaman vida.
Serafín Capdevila, huérfano de padre desde su sexto mes, había nacido con labio leporino.
No se puso remedio quirúrgico por el convencimiento materno de que su hijo había sido señalado por el dedo divino. Serafín nunca se comportó como los muchachos de su edad, atentos nada más a convertir los días en una sucesión de dichosos hallazgos. Nunca sintió, como sus iguales, el deseo
de hacer rabona y vagabundear alrededor de la laguna, pescando ranas y atrapando caballitos del diablo. Nunca desobedeció una orden familiar o académica ni desaprobó materia escolar. Nunca se dejó llevar por sus inclinaciones o aspiraciones, persuadido de que la marca con que la Providencia lo había señalado lo obligaba a una trayectoria sin mácula.
Su madre y sus dos hermanas lo mimaron y consintieron convencidas de que estaban criando al primer santo del clan Capdevila. Cuando todos los muchachos de su generación eligieron
oficio e hicieron matrimonio, Serafín Capdevila, con su físico infortunado y su dificultad en elhabla abrazó una soltería anunciada; a un tris estuvo de hacer carrera eclesiástica, pero la muerte inoportuna de la madre decidió su destino. Una fortuna secular menguada por la mala administración y la desidia había dejado a la familia en el desamparo económico. El sentido del
deber para con sus hermanas, solteras como él, dirigió a Serafín hacia un oficio sin lustre pero hecho a su medida.
Silenciando cualquier inclinación que lo apartara del camino recto y estudiando con tesón, se consiguió la plaza de registrador de la propiedad que, en una población de apenas seiscientos habitantes, le permitió disponer de tiempo suficiente para dedicarse al estudio de lenguas muertas.
Serafín Capdevila no se abandonó jamás a placeres mundanos, no conoció ni deseó mujer ni hombre alguno, no dilapidó ni un céntimo en su austera existencia casi carcelaria, porque así estaba escrito desde antes de su nacimiento en su labio, en su paladar y en su averiada garganta.
Serafín Capdevila abrió los ojos escalofriado: ¿Eso era todo?. Hizo un esfuerzo por atraer a su memoria algo más, algún episodio destacable y conmovedor, pero no lo consiguió. .. En la oscuridad del cuarto y escuchando la respiración bajo la cama de aquel entumido, no lograba evocar ningún episodio que mereciera ser reseñado. Una vida parda, informe. Apenas una cagada de mosca en el orbe infinito. “Amigo, tengo guardado para ti algo bueno”. Serafín Capdevila se bajó de la cama y se tumbó en la estera para encarar de frente a aquel pequeño engendro lleno de promesas incumplidas. Lo miró al ojo y supo que no era Él a quien estaba esperando. Muy lento, agarró el
bacín y lo estrelló contra su ojo fulgurante que se hizo añicos, como cristal fino. Luego, sin el menor atisbo de piedad, zarandeó el cuerpecillo desmedrado y lo estampo contra el ventanuco. Una telilla transparente, viscosa, quedó pegada al vitral.
Serafín Capdevila, calmo, como había sido toda la vida, se tumbó de nuevo en su lecho agonizante a esperar al Otro, seguro de que le procuraría una excitante y jubilosa condenación eterna

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