Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

AMOR ROBÓTICO por Carmen Ruiz Ruiz (Cantabria)

Nadie en Santa Colomba De Somoza se creyó la confidencia que aquel vendedor a domicilio, pasado de copas, le hizo al camarero de la tasca del pueblo. Varios parroquianos, que jugaban su habitual partida de mus, fueron testigos de la revelación de aquel locuaz viajante, que proclamaba a los cuatro vientos su habilidad para engatusar a las mujeres, sin ninguna modestia ni pudor.  Máxime, considerando que alguno de los presentes pudiera ser familiar de aquella incauta a la que insistentemente mencionaba, y podía salir escaldado, después de alardear y ejercitar el compadreo con el habitualmente serio y discreto barman, que le rellenaba el vaso cada vez que este quedaba vacío. No cabía duda, al parecer, el desenvuelto representante le había endosado uno de sus aparatos más selectos a Tomasa Barcía, la solterona ceñuda y solitaria que vivía al final del pueblo, en una casa vieja, que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Desde luego, la habilidad del feriante quedaba fuera de toda duda. Todos en el pueblo conocían el carácter ermitaño y arisco de la paisana, así como su naturaleza rácana y desconfiada. De hecho, nadie dudaba de que la susodicha tuviera “posibles” como para poder permitirse comprar objetos caros, pues les constaba que sus padres le habían dejado una renta más que saneada al morir, lo cual no había impedido que la casa que habitaba desde niña se hubiera ido deteriorando por falta de mantenimiento, hasta el punto de que todos pensaban que la mujer acabaría aplastada por ella, debido a su evidente estado ruinoso. En varias ocasiones le habían sugerido que debía repararla si no quería acabar bajo sus escombros, pero Tomasa renegaba de todos y les respondía que se metieran en sus asuntos y la dejaran en pa Sea como fuere, el caso es que el desenvuelto viajante le había endosado uno de sus robots-aspiradora, el más caro de todos, y eso que el suelo de la casa era de adoquín y madera, incluido el gran patio interior empedrado, típicamente maragato, por el cual iba a resultar difícil que aquel invento pudiera desplazarse, pese a haber sido catalogado como el más eficiente del mercado. La noticia corrió como la pólvora por Santa Colomba. Los vecinos se preguntaban qué podría haber provocado aquel dispendio en la habitual austeridad de aquella solterona. La mayoría  pensaba que Tomasa habría claudicado ante la innegable verborrea del viajante; otros creían que habría perdido la cabeza; los más, concluyeron que tanta soledad le había llevado a desesperar, y había caído rendida ante el primer desconocido que se había atrevido a adularla y piropearla, cosa que ninguno de los hombres del pueblo se hubiera atrevido a hacer, ni tan siquiera para reírse de ella, dada su evidente mala leche y su malhumor constatado a lo largo de tantos años. Se hicieron apuestas, y se decidió enviar a uno de los vecinos más atrevidos del pueblo, con la disculpa de que tenía que entrar en la vivienda para instalarle una antena nueva que el Ayuntamiento regalaba a todos los vecinos para que pudieran recibir la señal de televisión desde el nuevo repetidor instalado para ello. Tomasa tenía un televisor viejo en la salita de muebles desvencijados y apolillados donde pasaba la mayor parte del tiempo de su solitaria y adusta vida. Tras sortear la manifiesta desconfianza de la solterona, Dámaso, el antenista, logró colarse en la vivienda y comenzó a mirar la instalación.  Avisó a la mujer de que la modificación le llevaría un par de horas por lo menos, dada la antigüedad de esta y la imposibilidad de colocar la antena en el tejado. Tendría que buscar otra ubicación, y no le iba a resultar nada fácil encontrar el lugar adecuado. Tomasa se resistía a dejarlo solo, pero tras media hora vigilando a pie firme en el vano de la puerta, le informó que tenía cosas que hacer y abandonó la estancia. Dámaso se asomó a a la habitación donde la solterona dormía mientras ella salía a dar de comer a las gallinas, y comprobó que la base del “Roomba” estaba a los pies de su cama, pero el robot no estaba conectado. Dedujo que habría salido a hacer su trabajo, aunque se lo imaginaba estropeado, debido a la cantidad ingente de polvo, basura y objetos apolillados diseminados por toda la casa. De pronto, el hombre creyó advertir a la solterona hablando con alguien en el patio. Las palabras que escuchaba, lejos de lo que se hubiera imaginado, eran tiernas y parecía dirigirselas a alguien, con afecto. Pensó que la mujer, al menos, sentía cariño por los animales, pues creyó que les hablaba a sus gallinas, mientras las alimentaba. Sigilosamente, se acercó al portón que se abría al patio interior de la vivienda… Dámaso se quedo boquiabierto cuando constató que aquellas palabras cariñosas no eran para sus gallináceos, sino que el robot había chocado contra sus piernas, en su incursión por el patio empedrado y Tomasa, con voz zalamera, le instaba a coger otra dirección.
—¡Picarón!, no te hagas el encontradizo. Hoy es la tercera vez que me tocas las pantorrillas. ¡Tunante! Anda , sigue a lo tuyo, ya luego tendremos tiempo de hacernos carantoñas en la alcoba…
—Romeo, no insistas, sabes que no me gusta que me vayas persiguiendo por la casa. Anda, ¡tontorrón!, luego te miraré los bajos, a ver como tienes las escobillas. Prometo limpiarte y engrasarte,  y mirarte el filtro con detenimiento. Vuelve a tus quehaceres, no sea que ese pesado de la antena nos descubra.
Cuando la solterona se dispuso a entrar, Dámaso corrió hacia la salita y recogió sus herramientas a toda prisa.
—¿Ya está?, le preguntó al ver que se disponía a salir.
—Sí, le contestó. Al final resultó más fácil de lo que yo pensaba y no hará falta cambiar la antena —dijo, atragantándose con las palabras. Adiós. ¡Que tenga buen día!
Tomasa le observó marcharse, recelosa y extrañada. Miró hacia la tele, que estaba encendida. El robot, que regresaba de su “correría” por el patio trasero, volvió a toparse con sus piernas.
—Bueno, Romeo, ¡al fin solos! Ahora ya podremos ver juntos nuestro programa favorito: la Teletienda. ¡Qué bueno que podamos charlar juntos, con tu familia, sin nadie que nos moleste! Dámaso llegó acalorado y ruborizado a la tasca, donde todos le esperaban impacientes, seguros de haber acertado con el motivo de sus apuestas.  
—Venga, Dámaso, no remolonees. Finalmente, ¿Quién de nosotros tenía razón…?

MasticadoresFEM

"Solo quiero que se me recuerde como una persona que quería ser libre” Rosa Parks

Isabel Alonso Díez

Arte & Activismo

A Tinta China

Plasmando palabras, a la luz de la pluma

Buscando el sentido de un instante

Alberto Blanco González

Entre paleras y encinas.

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Puentes de papel

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

RETAMAS Y CODESOS

Página de literatura, reseñas y poemas

ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO... ESCRIBO

Soy un reflejo de mis historias, si no escribiera sería una sombra de mi misma

David Ortega

Blog literario y filosófico

POETAS EN LA NOCHE

Poesía, cuentos y relatos

Lo irremediable

Cine Filosofía Fotografía Literatura Música Pintura

Andiñuela de Somoza

Pueblo maragato, perteneciente al ayuntamiento de Santa Colomba.

Versos en la Somoza

Poesía en el umbral de la Maragatería

TAM-TAM PRESS

TRAFICO DE CULTURA / Piensa, crea, actúa, retumba...

Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

WordPress.com en Español

Blog de Noticias de la Comunidad WordPress.com

A %d blogueros les gusta esto: