Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

¡AH! por Fernando García Florez (Valladolid)

 Comenzaba a entrar la noche y el autobús avanzaba muy rápido debido al escaso tráfico. Un joven viajaba de pie observando a las personas que iban sentadas. La mayoría eran personas mayores. Pero había dos mujeres jóvenes: una de ellas sentada a su derecha y la otra a la izquierda. La de la derecha era monja, y de su bello rostro solo mostraba una pequeña parte; el resto lo cubría un velo negro. La de la izquierda también era muy guapa. A la parada siguiente se apeó el anciano que viajaba al lado de la monja. El joven ocupó su asiento, esperando que quedase vacante alguno de los asientos pegados a la otra joven para sentarse a su lado, conversar y, si se terciaba, poder quedar con ella.

—Buenas noches —dijo el joven.

—Buenas noches —contestó la monja con una sonrisa—. Es incómodo viajar de pie.

—Estoy acostumbrado. Cojo el autobús cuatro veces al día.

—Yo también, pero procuro ir sentada. Ir de pie me mata —dijo la monja.

—¿Sabes? Eres muy guapa.

—Gracias. Yo también me he fijado en ti y sabrás que estás muy bien. Tienes algo especial, digamos que eres atractivo. ¿Y por qué coges el autobús cuatro veces al día? —preguntó la monja.

—Vivo en una urbanización a las afueras, y trabajo en el centro. Tengo horario de mañana y tarde.

—¿Y de que trabajas? —preguntó la monja.

—Soy encargado en Repsisa, una empresa de informática.

—Buen trabajo —dijo la monja.

—¿Y tú dónde vives, en algún convento?

—No… ¡Ay los siento! Me hubiese gustado conversar más tiempo contigo, pero me bajo aquí. Voy al Hotel Hispania a una fiesta de disfraces —dijo la monja mientras bajaba del autobús.

—¿Pero no eres monja? —preguntó el joven.

—No, es un disfraz.

—¡Ah!

El joven quedó bastante frustrado. De haber sabido que no era monja, le hubiese pedido el número de teléfono, el e-mail, o le hubiese propuesto sin más quedar algún día con ella. La frustración se le pasó pronto al percatarse de que el asiento de la derecha de la otra joven que le gustaba había quedado libre. Se sentó a su lado.

—Buenas noches —dijo el joven.

—Buenas noches —dijo la joven.

—Me habrás oído decir a la que iba disfrazada de monja que era muy guapa, y es que era verdad. Tú también eres muy guapa, y también es verdad.

—Gracias. La que iba disfrazada de monja te dijo que estabas muy bien, y es cierto —dijo la joven.

—¿Vives por aquí? —preguntó el joven.

—Vivo en la calle San Lorenzo, ¿la conoces?

—Sí, donde el convento de las Josefinas. Me llamo Juan, ¿tú cómo te llamas?

—Sor María.

—¿Sor María?

—Pues claro. Vivo en el convento de las Josefinas —dijo la monja mientras se apeaba del autobús.

—¡Si no llevas traje de monja! —exclamó el joven.

—Cuando salimos del convento vestimos de calle.

—¡Ah!

El joven se llevó otra decepción. Volvió a su asiento. A su izquierda iba una anciana.

—He oído tu conversación con la disfrazado y con la otra joven —dijo la anciana.

—Ya ve, hay días que a uno le sale todo mal —contestó Juan.

—No te rindas tan pronto. A la tercera va la vencida —dijo la anciana guiñándole un ojo, mientras se levantaba para apearse en la siguiente parada.

La anciana se apeó y por la otra puerta subió una morenota despampanante, que se sentó a su lado.

La anciana tenía razón, pensó Juan, a la tercera va la vencida y esta tía no se me escapa.

—Buenas noches —dijo Juan todo animado y predispuesto a ir a por todas.

—Buenas noches —contestó la joven.

—Hoy llevo mal día —dijo Juan—. Menos mal que el destino todo lo compensa, ¿no crees?

—¿A qué te refieres? —preguntó la joven.

—Pues a eso: que hoy todo me ha salido mal, pero con verte a ti me doy por compensado, la mujer más guapa que he visto nunca —contestó Juan.

—Tú no te quedas atrás —dijo la joven.

—¿En serio?

—En serio —ratificó la joven.

—¿Cómo te llamas? ¿Dónde trabajas?

—Me llamo Linda. Trabajo en Keyton, un establecimiento recién inaugurado en la ciudad. Precisamente me dirijo allí. Esta semana me toca de noche —contestó la joven.

—Yo, Juan. Trabajo en Repsisa. Tengo que bajarme en la siguiente parada. Si no te importa, podrías darme tu teléfono, y algún día quedamos para conocernos mejor.

—Encantada, ten mi tarjeta de trabajo, estamos promocionando el negocio.

—Gracias Linda, no dudes que te llamaré —dijo Juan mientras se apeaba del autobús.

—Lo estoy deseando —contestó Linda.

Juan se fue para casa eufórico. Había conocido a la mujer más guapa del mundo y parecía colada por él. Al llegar a casa leyó la tarjeta: “Club de alterne Keyton. Señoritas impresionantes. Precios económicos. Horario: de dos de la tarde a seis de la madrugada. Carretera de la Estación, 23. Tl/692669966”.

Juan no se lo podía creer, y sólo acertó a exclamar: ¡Ah!

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