Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Actitud – por Rossana Duarte Martín (Lanzarote)

Cuando dijo mi nombre, dándome la victoria, una corriente de las que te dejan con los ojos para atrás, recorrió mi cuerpo.

  • ¿Yo? – ¿de verdad que gané aquel torneo ?

Seguía sin creérmelo, porque en ninguna de las partidas con mis oponentes, la balanza había estado de mi lado.

Dos días antes…

María y Pablo, habían pasado por casa el sábado por la mañana. Era muy común que lo hicieran debido a que yo, era su mejor amiga. Los tres, teníamos veintiocho años y habíamos estado juntos en el colegio, en el insti y la Universidad.

  No recordaba situaciones divertidas o tristes en mi vida, en las que no estuvieran ellos.  Y casi desde siempre, habían sido pareja. Los planes iniciales que teníamos para ese día, se habían anulado por el tiempo, un frío horroroso que hacía, que de nuevo estuviéramos en mi casa, sentados en el sofá con el móvil.

Carlos, encontró en la guía de ocio de nuestra ciudad una actividad un poco extraña. “Concurso de pulsos” pueden participar los hombres y las mujeres y el ganador cenará con el campeón mundial de halterofilia. Ese era el titular.

Él nos pidió de manera encarecida que por favor fuéramos que estaríamos calentitos y que invitaba a todas las rondas. Al final, como no era de esperar, Marina me convenció. El centro cívico estaba llenísimo. Todo el pueblo en peso estaba presente.

  • No sabía que este deporte le gustaba a tanta gente- dijo Marina
  • Ni yo, – contestó con asombro Carlos.

Tres toneles de madera, hacía de rin entre los jugadores y un jurado compuesto por el hombre que tenía las venas en los brazos y en pecho más pronunciadas del mundo, sentado en el centro, junto al alcalde y dos de sus concejales. En mi cabeza se formuló la duda si por esas venas, correría más sangre que la de cualquier humano.

Nos sentamos y a los dos minutos empezó el torneo. Hombres y mujeres empezaron a pelear con sus manos entrelazadas con sus oponentes. Empezaron las mujeres.

Una de las chicas de unos treinta años y bastante musculada, se dislocó el hombro, lanzando un bramido más parecido a un lobo que a un humano.  En las bases de la competición, que desconocíamos, habían escrito que en caso de luxación o fractura, la persona afectada designaría a otra persona para ocupar su puesto. De esta manera, giró su cuerpo y la primera con la que sus ojos se tropezó ¡fui yo!

Mi timidez, siempre me había jugado malas pasadas a la hora de ser el centro de atención, pero esta vez después de las dos cervezas que había tomado, simplemente acepté, bajo los aplausos de toda la sala.

La mujer que le había hecho el esguince medía dos metros y yo, uno cincuenta. Su cuerpo con aquellas tetas que también eran músculos y aquellos brazos de obrero llenos de tatuajes de bocas abiertas llenas de colmillos y de ojos sangrientos ya le habían dado la victoria de antemano. En el momento que colocó sus dedos entre los míos, solo de rozármelos, ya estaba temblando, pensando que me los partiría todos a la misma vez, pero su mirada, con aquella ceja levantada, le daba apariencia de una asesina en serie ante su siguiente víctima.

Cuando sonó la campana yo cerré los ojos y antes de hacerlo, ya, mi brazo estaba en la tapa de la barrica, en actitud derrotista.

Todos aplaudieron y les faltó echarse al suelo para terminar de desternillarse. Yo, volví a mi sitio y seguí con mi cerveza y los halagos de los que estaban sentados a mi alrededor. La siguiente oponente de la mala bestia, como la etiqueté, era otra mujer como ella, de ruda, o más aún. También la estropeó y de nuevo se giró y me eligió a mí, con una sonrisa maliciosa. Ya, me había bebido la tercera, así, que salí de nuevo, pero más tranquila.

Ya, con mis ojos abiertos le miré a los suyos y cuando me dijo bajito; – No te atrevas a mirarme, de la risa que me entró, le escupí en la cara.

Sus ojos echaban fuego y su boca estaba tan apretada que pensé que se iba a romper los dientes con sus propios labios.

Ahí, estaba de nuevo. Sonó la campana y otra vez, mis brazos de pollo, no tuvieron nada que hacer con sus brazos de pata de jamón serrano.

Otra vez me senté. Y a la siguiente ronda y final, su nueva oponente se retiró por un tirón en triceps, después de diez minutos en tensión. Y de nuevo estaba en pie junto a aquella arma de destrucción masiva, que se estaba revolviendo en su mal humor.

Cuando me senté y empecé a tomarme la cuarta cerveza, todos me halagaban, reían y hasta lloraban en sonidos que hacían que el resto no parara de hacerlo también.

Nadie la miraba y ante la falta de atención que tuvo, con un grito dijo;

  • ¡Que les den por culo! – con aquella voz varonil, salió con todos aquellos músculos más hinchados que antes y casi echando espuma por la boca.

El alcalde, que se secaba las lágrimas, se acercó a mi y me puso en pie, levantando mi brazo en señal de ganadora.

De esta manera, conocí a Diego, el campeón del mundo en halterofilia que a pesar de tener la voz más aguda que había escuchado nunca, era un encanto.

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