Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

A Iván M. – por David Gallego Eastmund

Hace un par de semanas me levanté en la madrugada del lunes después de haber dormido todo el domingo la resaca. Durante un rato moví los dedos de los pies, bostecé, reconocí en la oscuridad el espacio donde estaba, cuando de repente me entraron unas ganas intensas de cagar. Fui hasta el retrete, me senté y pujé sin deponer un poquito tan siquiera. Sentía que tenía mierda con ganas de salir, pero no salía.

Como yo me inclino a que las cosas fluyan que a que se estanquen, pujé con más fuerza. Tomé aire y aumenté el ritmo cardíaco para meter más presión a mis tripas, pero nada. Volví a intentarlo, pero nada de nada.

Descansé.

-¿Qué putas pasa? -me cuestionaba iniciando un ejercicio interpretativo de carácter fundamental. -¿Será que todavía estaba borracha la parte del cerebro encargada de los movimientos peristálticos? ¿La resaca me había deshidratado tanto que hasta la mierda me había secado? -Bueno, como fuese tenía que sacarla de ahí. Intenté con más potencia y sentí como poco a poco salía. Continúe así durante un rato hasta que terminé.

-Ufff… -tomé aire y descansé.

Sin embargo algo andaba mal. Sentía como si hubiese sufrido un desprendimiento; como si me faltase algo. Abrí las piernas para ver qué era lo que pasaba, y en el agua del sanitario había sangre, mierda y mis hemorroides colgando del culo. Hijoeputa -grité. Nunca las había visto pero algo me decía que eran ellas. Las recogí, las lavé, me fui a la cama y con gran tristeza me las puse entre las nalguitas esperando a que se metieran de nuevo.

Pues bueno, ellas fueron buenas y se metieron de nuevo.

En los días subsiguientes cada vez que cagaba, me desangraba. Vos vieras como me goteaba y me goteaba sangre. Algo andaba peor que el mundo estético-ético en el que vivimos.

En medio de mi insomnio cavilaba una y otra vez al respecto, aunque sin recriminarme en lo absoluto cuando encontraba las posibles causas de mi estado actual. Que diferencia el presente respecto a mi pasado, pensaba…

Recuerdo que antes de los diez años siempre me preguntaba “¿Por qué yo era lo que era y no era otra cosa?” Cualquier otro niño me parecía mejor de lo que yo era. Luego, unos años más adelante, me mataba la cabeza cuestionándome “¿Por qué había hecho las cosas de una manera y no de otra?” Se veía pues que no tenía mucha autoridad en primera persona.

Hasta que de repente todo cambió. De un momento a otro comencé hacerme a mí mismo y a lo largo de esta treintena de años esas preguntas fueron desapareciendo, hasta el punto en el que abrazo tanto mis aciertos como mis pasos en falso; tanto mi bienestar como mi enfermedad. Y si las noches de vigilia son un interminable rechazo de lo que no sirve para llegar a algún lado, mi tregua, mi ultimátum, es ver cómo afronto lo que me pasa y me gusta tanto, que no se me ocurriría cambiarme por nadie. Perdón que lo repita: por nadie.

Volviendo al cuento de las almorranas, fui a ver al doctor la semana pasada. Al proctólogo. Me senté como pude y le expliqué someramente la situación. De inmediato me mandó acostarme en la camilla con los calzones abajo, y con cierta precaución le hice caso. Cuando me fue abrir las tapas del culo reaccioné.

-Tranquilo -dijo.

-Tranquilo usted -le respondí.

Me revisó un par de segundos y después me dijo que me vistiera.

Me comentó que tenía el ano fisurado y que debía dejar de comer aún más cosas de las que no puedo comer. Normal; me lo tomé con tranquilidad. Pero cuando también mencionó que no podía beber, me preocupé. Al final dijo:

-Tiene que tomarse estas pastas cada doce horas y aplicarse esta crema externa e internamente…

-¿Cómo así que internamente? -le pregunté.

-Se mete este aplicador unos dos o tres centímetros hasta llegar al recto, y se inyecta un poco de crema dos veces al día.

Ya esto me pareció el colmo. Ofuscado le agradecí y me largué de ahí.

Llegue a la casa, me bañé, me fui a la cama y con cuidado me eche cremita, pero por afuerita. Ahora, cuando intenté penetrarme, no pude, mi negro. No pude y eso que lo intenté con amor. Me quedé largo rato en la cama desconsolado preguntándome en qué iba hacer, en cómo me iba a curar, si estoy muy viejo para desvirgarme ¿Cierto? En fin, vamos a ver cómo continúa la cosa, pero para lo que se venga, me permito estar tranquilo: es mi culo y son mis consecuencias.

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