Estos últimos días los he pasado leyendo la obra de Rafael Chirves, En la orilla. Una novela de lectura tan compleja como representativa que relata una vivencia global de la que parecía que empezábamos a desembarazarnos pero que se ha congelado en el tiempo y está más presente que nunca. Toda la sinopsis del libro podría resumirse en una sola palabra, no por simple —que de simple no tiene nada— sino por cotidiana; y nos vendrían a la cabeza, sin necesidad de mirar ni una sola página, más del cuarto y mitad de reflexiones por las que Chirves nos conduce. Y eso es porque llevamos cargando con la palabra “crisis” más de una docena de años y tenemos toda una mundología al respecto, tal parece, que nos hemos acostumbrado al fardo como se acostumbran los burros a las albardas.

La trayectoria que el autor valenciano nos dejó es para recorrerla sin tapujos, acometiendo minuciosamente este y otros temas afines que nos obligan a ahondar en nuestras miserias y en todo el entramado de valores de los que nos vamos desligando a medida que nos aprietan más la cincha.  Una putrefacción ideológica que se da entre el éxito momentáneo y el sálvese quien pueda y de la que no nos sentimos orgullosos, pero que obedece al miedo y a la incertidumbre que se agarra a las tripas. Pues como decía el poeta griego Hesíodo en Los trabajos y los días: No conviene ocuparse de litigios y arengas cuando en casa no existe sustento abundante, cuando no sobra el trigo.  

Esta dura realidad no es otra que la de siempre, y su sabor cítrico es algo a lo que ya estamos acostumbrados por lo que no ponemos mucho reparo en disimularlo empapándolo en un Gin Tonic, o usándolo para adornar la paella de los domingos. Carpe diem.  ¿Qué otra cosa podemos hacer? Pero quien no tiene el entendimiento atrofiado sabe que la galopante crisis no va solamente de pérdida económica; sino de principios, de dignidades y de valores.

Avanzo por esta radiografía a la sociedad española, por su crisis económica, ética y laboral advirtiendo el propio reflejo del desengaño, que tal y como marchan las cosas, y tal y como han ido siempre, no es más que una estampa costumbrista que una no quiere terminar de mirar de frente. Y lejos de pasarlo mal leyendo la descarnada historia de este libro, me agarro a la transparencia con que describe la senda que desde hace años recorremos, para no dejar de entender que estos aparejos los venimos cargando desde muy lejos. Que nos han ido llenando las alforjas de fullerías desde hace casi un siglo, y quién sabe, si ya entonces heredamos la carga impuesta por anteriores acaudalados expertos en cosechar sin necesidad de agachar los riñones.

Pero también hay que ser realistas y valientes con nuestro discurso interior, aunque sea esa afilada arma que escuece y hace mucha pupa extrayéndonos las verdades incómodas que nos mortifican y nos superan. Es difícil reconocer que todos tenemos cierto capricho por el engolosinamiento y por el acopio de posesiones, lo que ha abierto la puerta a toda clase de especuladores, a la gestación de pelotazos que han terminado en nada, al ansia de vivir por encima de lo razonable y de dejarnos engañar una y otra vez con promesas de carretadas de futuro.  Volviendo a Hesíodo, “¡Imbéciles! No saben que a veces la Mitad es más grande que el Todo”