DE RÍOS REVUELTOS Y GUERRAS FURTIVAS

Cuando el río se revuelve, los pescadores se aprovechan de esta situación, ya que aparece más pesca, en el agua turbia se pesca más fácilmente. Las primeras crecidas turbulentas son muy propicias, sobre todo, para la pesca con red. Al principio los peces no pican, bastante tienen con evitar ser arrastrados y con resguardarse. Luego, pasado un tiempo, aunque las aguas continúan crecidas y turbias se puede pescar porque a los peces no les queda otra que alimentarse y tendrán que arriesgarse a salir. Pero lo más importante para tener éxito pescando en estas circunstancias es tener el cebo adecuado.  

Lo que más se practica en estos tiempos es la pesca viva. Un día alguien tira la caña y te ves colgando con el anzuelo al pescuezo, te mira con cierta complacencia, poniendo la acentuación justa, un gesto entre la benevolencia y la crueldad, y te acojona bien antes de volverte a soltar para que sepas que, aunque sigas vivo, es con su beneplácito.

Así son ahora también las guerras que se emprenden con furtividad, asépticas, sin cadáveres arrinconados en las calles, sin el silbido constante de las balas o de las bombas cayendo del cielo y los edificios arrasados. Puedes estar en mitad del combate tomando un café con porras y leyendo el Marca con la mascarilla enganchada al codo, mientras el mundo se declara disimuladamente en guerra y, unos y otros, echan diplomáticamente la red para hacerse con los poderes económicos y sociales, o con las mejores relaciones internacionales. Y puede que, cuando levantes la vista, ya no formes parte del banco de peces al que pensabas que pertenecías.  

Ya en tiempos del Marqués de Santillana (S: XV) se podía leer En Refranes que dicen las viejas tras el fuego, “A rio buelto ganancia de pescadores”, aclarando que “en los negocios do ay confusión medran los codiciosos y bulliciosos”. Lo que tal vez quedó por decir es que son los propios codiciosos y bulliciosos los que revuelven el río para medrar, los que saben que ganarán, que serán más poderosos, más ricos a costa de poner en riesgo nuestro bienestar. Y lo más absurdo es que lo logran con ademanes de taberneros que se acusan entre ellos de vender garrafón, que suben el precio o cortan el suministro a conveniencia de uno o para desventaja del otro. Así me parece que anda desde hace medio año el revuelo de las vacunas, mientras nosotros esperamos impasibles a que alguien venga y nos llene el vaso con la Astrazéneca de Oxford, la Moderna de Massachusetts, la alemana Pfizer o la que sea — qué más da si no entendemos de esas cataduras—, con tal de que nos devuelvan nuestras vidas, las de antes, lo antes posible. Porque parece que ninguno de los que ostentan el poder tienen prisa por resolver este gatuperio que, entre idas y venidas, hace mayor la espera para administrar el remedio que lo que se ha tardado en prepararlo.

Ellos, los grandes, tiran la red y pescan a lo grande mientras nosotros boqueamos y nos guardamos la debida distancia, y nos tememos también porque el de al lado, tan indefenso como nosotros, puede provocar, sin quererlo, nuestro mal.

Y la verdad es que en esta contienda ya no nos interesa de dónde ni porqué ha surgido el dichoso virus; si ha sido una rebelión de la naturaleza, pura mala suerte o si alguien mezcló ingredientes de más en una probeta para tocarle las narices a la potencia vecina. Ya no esperamos el esclarecimiento de los hechos porque siempre aparecerán recompuestos ante nuestros ojos. Tampoco nos interesan las teorías conspiranóicas ni los negacionismos que ponen en la calle los mismos que ayer dijeron lo contrario. No somos tan ignorantes, vemos que una vez más, los grandes, han sabido sacar provecho de esta crisis con sus insuperables talentos para manipular e intentar reducirnos las ideas y las ideologías a la mera fórmula del refrán aquel que rezaba: por el pan baila el can.  Sobre todo, si ese pan, por el que nos obligan a bailar, es un cebo perfecto del que dependen tantas cosas.