En la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury se describe un mundo distópico donde está prohibido todo lo que lleve a la gente a hacerse preguntas trascendentales o aquello que, simplemente, acarree contemplar dos caras de una misma realidad, alentando cualquier planteamiento o dilema filosófico. Todo lo que sea susceptible de estimular el pensamiento individual es destruido y quemado, especialmente los libros, deshaciéndose así del pasado y moldeando el presente y el futuro a capricho.   

En ese mundo que narra el autor, nada resulta tan peligroso e ilegal como el interés por la cultura. Solo con que alguien sospechara que escondemos un libro cualquiera en nuestra casa, tendríamos un grave problema con la ley. A cambio, podríamos llenar las paredes de nuestros hogares con grandes pantallas emitiendo seriales y con una tecnología tan avanzada que hasta nos parecería que el eje del mundo gira más rápido. Tendríamos vehículos que alcanzarían velocidades vertiginosas y la inmediatez sería parte del nuevo orden.

Reconozcamos de una vez que, en parte, nos resulta realmente tentador asomar a los bordes de una realidad parecida a la narrada por Bradbury. Por algo estamos como estamos y hemos llegado donde hemos llegado.  La tentación de vegetar rodeados de tecnología y de atracciones y placeres instantáneos, dejarse llevar por todo aquello que libere cualquier tensión interna, prescindiendo del pensamiento crítico, de las ideas opuestas y de nuestra contradictoria naturaleza nos proporciona una fácil despreocupación, aunque sea a costa de la capacidad de reflexión, del conocimiento y del cuestionamiento. Y es muy tentador, sin duda, criar a las generaciones venideras con una ruta de destino integrada que no deje mucho espacio a la improvisación, la imaginación o la sorpresa. Y poco a poco, conscientes o no, limitar su libertad, la necesidad de explorar por su cuenta y de ser genuinos.    

Probablemente entre todas esas tentaciones, entre ese ruido interminable, y esa urgencia sin fundamento —como si imitáramos a la joven Clarisse y al bombero Guy Montang—, acabaríamos, antes o después, por quebrar el ritmo impuesto, por detenernos unos instantes a averiguar si aún recordamos que hay un hombre dibujado en la luna, o si todavía reconocemos el tacto de la hierba. Pues surgiría esa pregunta que Clarisse le hace a Montang al inicio de la novela. Esa es la gran pregunta, la que hace saltar en pedazos cualquier calma artificial y es capaz de devolvernos la razón.

—¿Es usted feliz?

Hoy, entre el desorden, la crisis sanitaria, la prisa y el ruido no sabría decir si nuestro mundo se parece cada vez más al mundo distópico de Bradbury. Cuando se cumple más de un año sin teatro, sin conciertos, sin fiestas patronales o populares que ponen nuestra cultura, nuestro arte, literatura, tradiciones y folklores a la cola de las cosas importantes (de ningún modo ignoro los motivos razonables que los limitan) me pregunto si sentimos ese vacío, ese abandono del sustento del espíritu, si en los momentos más rigurosos hemos echado en falta poder visitar un museo, ir al cine, asistir a un taller, una conferencia, o simplemente viajar.  

Me pregunto: ¿Es usted feliz? ¿Logramos, a pesar de todo, ser felices? Y si la respuesta es afirmativa, insisto: ¿Es felicidad o anestesia? ¿es resignación o resistencia? ¿es voluntad o sumisión? ¿es conciencia social o aprensión y desaliento?

Y como si de la centrifugadora de una lavadora vieja se tratase, el ruido es lo único que parece no tener límites. Un ruido colosal y extraño, zumbando continuamente a través de las pantallas, que evita que nos escuchemos pensar y podamos tener una respuesta clara. Ruido de frenazos, ruido sin sentido, ruido de arañazos, ruido, ruido, ruido. Tanto, tanto ruido — que cantaría con la voz ronca Sabina— y al final…