Soñando mientras dormía llegué a la columna de hoy, dejándome llevar por ese escenario en que mi mente es a la vez el autor, el teatro, los actores y el público. Son las 4:45 de la madrugada. Una frase se repite en mi cabeza como una banda sonora que no viene a cuento mientras me enfrento a insólitos peligros. Recorro infinitos pasillos tratando de despertarme para escribirla porque encarna la idea principal de la columna de hoy.  Caigo por interminables toboganes hasta que todo parece dar un vuelco y me encuentro en la habitación buscando un lapicero y un trozo de papel. ¡Por fin!

De pronto todo se desvanece y vuelvo a sentir el peligro detrás de mí. ¡Maldita sea, sigo soñando! Vuelvo a mirar el reloj, son las 3:37 de la madrugada. Me siento caer en un sueño dentro de otro sueño, como si fuera un interminable juego de matrioskas.  Siento que no llegaré a tiempo, que no podré entregar el texto, darle forma, corregirlo. Se me resisten en la búsqueda el papel y la tinta mientras viajo sin orden ni concierto por numerosos universos oníricos, repletos de voces exigentes y sombras homicidas. Me gritan, me hostigan, me entorpecen, pero sigo buscando la puerta de salida porque por encima de todo quiero despertar y escribir mi idea. Porque lo verdaderamente complicado es mantener vivo un sueño inspirador y que no se desvanezca con la primera luz que enciendes.

De nuevo noto una convulsión. Todo está oscuro. Dudo de si esta vez he despertado. Espero inmóvil unos segundos y no tardo en apreciar la oscuridad de la habitación y el calor suave de la almohada. Pero como otras muchas veces me puede la pereza. ¿Es que a nadie se le ha ocurrido inventar una grabadora de sueños en formato de video con Dolby Surround para ojear a la mañana siguiente?

Han sido muchas las historias que se han perdido por no despertarse a tiempo, por dejarlo para mañana y no ser capaz de sacrificar la noche; desvelarse a pesar de que ese momento de genialidad sea solo un espejismo y no valga nada al día siguiente.

Ser capaces de arriesgar, tener perseverancia y espíritu de sacrificio dio lugar a grandes obras literarias, pinturas e inventos que han llegado a nosotros como resultado de que alguien, literalmente los soñó y no dejó pasar el momento. Por poner media docena de ejemplos conocidos por todos, podemos nombrar a Mary Shelley que soñó la historia de Frankenstein, a Poe cuya obra se basa casi al completo en sus sueños o más bien en sus pesadillas. Salvador Dalí que bebió de las fuentes del surrealismo exprimiendo todo el potencial de la naturaleza onírica y en consecuencia del subconsciente o, también, grandes inventos y descubrimientos que se han engendrado, asombrosamente, mientras su creador dormía, como la máquina de coser, la tabla periódica o la insulina, traduciendo algo tan intangible como un sueño en una realidad física.

Enciendo la luz. Son las 2:45. Busco algo para escribir y al fin lo encuentro en el fondo del cajón de la mesilla. Pero ¿para contar qué? Es muy posible que la esencia de lo que quería describir ya se haya esfumado. Espero que mis notas, que no son más que cuatro banalidades, no me abochornen con la luz de la mañana.  

Pero hoy me he atrevido a jugar, aunque esta creación onírica no sea un gran artículo después de todo.  Al menos evita que haya terminado hablando de alergias y astenias primaverales, de los dilemas vacacionales de Semana Santa, del año de pandemia que acabamos de cumplir (y lo que queda), o del circo del Congreso; asuntos de sobra argumentados y redundantes que necesitan más de dos o tres vueltas de tuerca para volver a ser originales. En palabras del escritor irlandés George Bernard Saw: “Cosas que ves y dices, ¿por qué? Pero yo sueño cosas y digo, ¿por qué no?”