Hace unos dos o tres años, la verdad podría ser alguno más, no lo recuerdo bien, asistí a una charla que impartía un médico sobre los avances para el diagnóstico de enfermedades graves y la cronificación de éstas. Sin entrar en detalles sobre los diferentes temas que allí se trataron —que hoy no vienen al caso, pero que aprovecho como intro a esta reflexión— recuerdo con especial recurrencia una frase del doctor en aquella jornada: “La muerte forma parte de la vida, todos moriremos.
Foto: Alberto Sierra Martínez

Hace unos dos o tres años, la verdad podría ser alguno más, no lo recuerdo bien, asistí a una charla que impartía un médico sobre los avances para el diagnóstico de enfermedades graves y la cronificación de éstas. Sin entrar en detalles sobre los diferentes temas que allí se trataron —que hoy no vienen al caso, pero que aprovecho como intro a esta reflexión— recuerdo con especial recurrencia una frase del doctor en aquella jornada: “La muerte forma parte de la vida, todos moriremos. Aunque nadie deja de existir completamente, porque somos energía que se transforma, somos polvo de estrellas”. A simple vista, esto puede parecer una de esas frases facilonas de libro de autoayuda que producen una motivación instantánea, pero que pierden sentido en cuanto las pones en práctica y te estampas contra el muro de la realidad.  Aunque lo que yo en verdad entendí es que nos damos demasiada importancia como individuos, proyectándonos sobre el mundo como organismos unicelulares y autómatas.  

Hace unos 4500 millones de años, siglo arriba o abajo, las constantes explosiones de las supernovas provocaron en el espacio la diseminación del polvo de estrellas que se vertió sobre la Tierra en partículas de oxígeno, nitrógeno y carbono, materias primas que componen nuestro organismo.

Y de aquellos polvos, estos lodos.  Podríamos suponer que al tocar a alguien estamos, de algún modo, rozando el cosmos. Más aún, nosotros somos el cosmos. No vamos a plantearnos en estos momentos cuestiones como de qué modo se formaron las estrellas y el universo en general, hasta llegar a nuestra propia existencia. Si los creacionistas y los evolucionistas empezabais a frotaros las manos deseando abrir un agrio debate, no será en este momento, por más que la balanza de mis convicciones ya se halle claramente inclinada.  Pero sí me gustaría reflexionar por un momento, si el hecho de tener en nuestros saberes esta certeza científica nos hace más grandes o pequeños. Si acaso somos un universo indivisible, parte de un todo, arrastrados por un severo trastorno de personalidad disociativa que nos convierte en auténticos locos, luchando a muerte contra nosotros mismos. O, por el contrario, somos insignificantes, completamente prescindibles y estamos más locos todavía, haciendo alarde de nuestro desmesurado narcisismo y buscando de manera desesperada algo, alguien que nos acaricie el lomo desde arriba, que nos convierta en sus hijos predilectos, en la tribu elegida, en seres especiales, santificados y adorados para poder ser esa mota minúscula que descuella un poco más que las demás. Me pregunto: ¿entonces dónde carajo se quedó nuestra cordura?  Será cierto, y entonces no nos queda más que resignación, que la locura y la cordura —como dijo el poeta italiano Arturo Graf— son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles, que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra.

Tampoco vamos a negar que la evolución nos ha regalado la consciencia individual para manejarnos con cierta autonomía por cuestiones de mera supervivencia. Pero al igual que el resto de los mamíferos, nos agrupamos para perpetuar la especie, aparearnos, criar, protegernos o alimentarnos. Solos no valemos nada y mucho menos cuando nos empequeñecen, separan y dominan muchas de las convicciones arbitrarias que anteponemos a exigir que se cumplan y cumplir los códigos de integridad.  Una peligrosa maniobra que puede servir para abrirnos paso a todo tipo de ratoneras, donde la oscuridad es tan espesa que nos impide comprender que el bien común es la puerta hacia nuestro propio bien, y que la honda confusión que nos azota cada día, no la sofocaremos con la luz exánime de una sola cerilla.  

En esta sórdida atmósfera que respiramos, que parece el fin de algo, de una era, de un ciclo o simplemente de un instante en el vasto universo, nuestros delirios harán que, si no lo remediamos, antes o después terminemos en polvo, pero no de estrellas sino de cenizas.