Mientras mi sobrino de ocho años merienda yo me siento frente a él y trato de entrar en los territorios privados de su mente. Todavía me permite asomarme a sus reflexiones. Está aterradoramente cerca el día en que levante un muro más o menos limitante entre él y el entorno cercano y yo sea desterrada a vivir al margen de sus pensamientos. Pronto la preadolescencia se impondrá a los momentos en los que todavía puedo saber qué siente, qué teme o qué desea.

Toma cereales de chocolate con leche caliente, y yo aprovecho para preguntar cómo ha ido la jornada en la escuela, qué hizo en el recreo, cuál ha sido su mejor momento del día o si algo le preocupa. El empieza a deshojarme las cosas que le son importantes, y a pesar de ser aún muy niño, hay cuestiones de las que dice que no habla porque son personales o secretos que guarda a sus amigos.

A veces, me cuenta cosas que ha escuchado en la calle, en los noticiarios, en el patio del colegio, o en el autobús. Cosas que pasan y escapan a su comprensión. Yo le reconozco que muchas de ellas también escapan a la mía. Pregunta mucho. Yo contesto sin demasiados tapujos. Mis miedos son otros, están en equivocar las respuestas, en faltar a la objetividad en favor de los prejuicios.

De repente me mira y me pregunta cuál es la diferencia entre un gamberro y un delincuente. Me quedo pensando y al final le respondo que creo que un gamberro es más un niño o un joven que comete acciones incívicas, pero que sus actos están más cerca de la travesura y de la payasada. Y que un delincuente no actúa por ingenuidad sino con vandalismo y violencia. Le recalco que los hábitos de un gamberro se pueden avivar de tal modo que termine siendo un delincuente.

Entonces, muy serio, me dice que él no será ninguna de esas cosas. Que él tendrá siempre una vida normal. ¿Normal? Le pregunto. ¿Qué es normal? Y él me responde que tendrá una profesión —esta semana se decanta por informático—, que tendrá una casa, se casará y tendrá hijos. Yo le digo que no necesita casarse —por no hablar de los hijos, inciso que de momento me ahorro— para tener una vida normal.  Me asegura que eso ya lo sabe, pero es lo que quiere, al menos hoy. ¿Y tendrás una vida normal? Le insisto. Sí, normal, claro. Me responde.

Siento asomar a mi boca una sonrisa a medio camino entre la ternura y la condescendencia, que reprimo por aquello de no quebrar con un solo gesto algo tan delicado como es la extraordinaria mirada de la infancia sobre el mundo.  

Lo normal es que el guion de nuestras vidas se escriba con cada paso que damos o en cada golpe que recibimos, que tardemos toda la vida en conocernos solo un poco, que nada resulte como esperamos y sea forzoso reinventarnos una y otra vez, y que poco de lo que vivimos se parezca a lo que imaginamos de niños.

Probablemente eso que mi sobrino de ocho años llama ahora “una vida normal” sea en el futuro un trabajo que no elegirá. Un lugar de residencia al que se verá obligado a emigrar para encontrar un futuro mejor. Una vida muy diferente a la de ahora porque el vertiginoso crecimiento de la era digital lo habrá cambiado todo; ya se empieza a sentir la polarización de la sociedad en muchos ámbitos. Y seguramente también la manera de relacionarse habrá cambiado hasta horizontes insospechados.

Pero también puede que el concepto de vida normal que propone sea mucho más amplio de lo que yo acierto a sospechar. Que mientras él me cuenta, con sus palabras, cuales son sus valores personales, su sentido de la ética y que lo único que quiere es vivir en paz, ser feliz y tener a alguien a quien querer, yo me haya quedado, por exceso de frustraciones, en los detalles más insignificantes. Puede que yo no sea más que una tonta que mira con el ceño fruncido el dedo, mientras él, me señala la luna.