ESPEJOS DE BOLSILLO

Como cada comienzo de año hubiera correspondido hacer un listado de propósitos, de esos que rara vez se cumplen, para el resto de los meses venideros. Pero una, que va madurando y deja de engañarse, ha simplificado todas sus buenas intenciones en solo dos. La primera, cumplir con lo que vaya saliendo al paso y la segunda seguir enriqueciéndome de experiencias, de palabras y de descubrimientos. En definitiva, leer. Por eso, mi repertorio de propósitos no ha resultado ser más que una generosa lista de libros pendientes, que he ido elaborando, guiándome por el influjo caprichoso de mis estados de ánimo, por la intuición y por el azar.

El año pasado —parece que fue ayer— lo terminé haciendo listas y reseñas de los libros en los que he vivido y ahora intento, además, trazar un mapa de rutas a modo de crucero concertado, quizás con menos margen de improvisación, pero no menos interesante, que atracará, si el viento es favorable, en medio centenar de puertos. Terminé el año con sabor a papiro en los labios, amando más los libros, si cabe, gracias a El infinito en un junco de Irene Vallejo y a dos extraordinarias personas, que lo vieron como el regalo perfecto para mí y que acertaron de pleno en el centro del corazón de esta amiga lectora.

¡Qué sensación esa de encontrar el libro perfecto! Ese que te muestra lo que aún no habías alcanzado a ver o aquello a lo que no supiste poner palabras. Ese que te sacude y que te descubre el mundo, y a ti en él. Ese en el que encuentras tanto de tu propio ser que te permite mirarte como en un espejo a través de las páginas. Espejos de bolsillo, así lo define acertadamente Irene Vallejo. Un objeto indispensable, a mi parecer, que llevar en el bolso para soportar las sufridas esperas diarias mientras llega el autobús, viajas en metro o te reciben en la consulta del dentista.

Cuando das con esa lectura auténtica, magistral, inolvidable, te acomete una sensación muy parecida a la felicidad que produce el amor a primera vista. Los libros más amados suelen destacar en las estanterías por sus lomos gastados y sus páginas rozadas. Son libros que casi se te abren en las manos nada más cogerlos como si te esperaran, una vez más, para acercarte a la certeza de otras reflexiones, preguntas y diálogos íntimos con los que creamos nuevos mapas de pensamiento.  

Vivimos momentos complicados y aunque suene a tópico, leer puede que nos salve, en parte, de la magnitud de muchos de los daños que sufriremos. Pues si bien, nadie es capaz de dar con la verdad absoluta, leyendo tenemos la oportunidad de aprender a manejar la balanza de la razón y no dejarnos domar por el engaño. Además, nos proporciona los necesarios momentos de fuga, permitiéndonos ventilar nuestro ambiente y evadirnos por un rato, llevándonos a otros lugares, a otras épocas, a otros mundos y a otras realidades en las que paradójicamente, daremos con nuestros “yoes” más inexplorados.

Cuando escucho a alguien decir que no le gusta leer, suelo pensar en dos posibilidades ante lo que me resulta un hecho desconcertante. Que puede que no lo haya probado lo suficiente, pues hay quien le coge el gusto muy poco a poco, después de muchas cataduras, por lo que hay que ser insistente y promiscuo — y aquí enlazo con la segunda posibilidad— porque seguramente no ha encontrado esa lectura que le colme de satisfacciones, pues creo que en algún lugar existe ese libro que está destinado a despertarnos. Lo expresó con estas palabras el Nobel André Gide: “Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿Quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿Qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran”.