Cuando era niña el Parte en mi casa era sagrado. Ni un ruido, ni un murmullo. Mi padre se ponía delante de la televisión y escuchaba las noticias. El ritual se llevaba a cabo dos veces al día, después de la comida y durante la cena. Y mientras se emitían, nosotros, los niños, teníamos la obligación de convertirnos en silentes estatuas. Recuerdo que no entendía—no es que ahora entienda mucho más— casi nada de lo que decían los políticos que, en ausencia de una tragedia mayor, casi siempre eran los primeros en abrir los noticiarios.

Años más tarde, con la llegada de nuevos canales de televisión, las cadenas hacían lo imposible para ganar audiencia, publicidad y dinero para crecer en medio de una feroz competencia; y sumaron otros programas además de los espacios informativos, que añadían a las noticias una pátina de sensacionalismo, subterfugios y grandes dosis de tergiversación y que acabó con la fe ciega que miles de ciudadanos ponían en la frase “lo dijo la tele”, que hasta entonces había tenido el poder de cerrar la puerta a toda duda sobre la veracidad de cualquier hecho.

La inmolación televisiva e informativa llegó con el nuevo siglo, con la guerra de audiencias y el “todo vale”, que destronaba al Telediario y le robaba el privilegio de sus fieles espectadores. El Parte ya no se llama “Parte” y tampoco nos parece imprescindible. La televisión ha cambiado, nosotros la hemos cambiado para bien o para mal. 

No hace mucho que lo dije, he estado mucho tiempo sin ver un Telediario. Hace unos días alguien me lo reprochó insinuando mi falta de interés por los sucesos que se dan y que marcan la actualidad. Hasta ese momento había sido firme en mantenerme alejada de esa engañosa sensación de que los grandes medios informativos nos aportan portadas intactas; y en ser más consciente, si cabe, de que estos no están libres de manipulaciones políticas y económicas que se logran con una aviesa combinación entre noticia e imagen. No obstante, para no correr el riesgo de parecer más testaruda de lo que soy me dispuse a ver el Parte con el mismo interés de aquellos primeros creyentes de la información audiovisual y esto fue lo que encontré:

El Parte de hoy abre y lo ocupa el revuelo en el Capitolio: Asalto a la democracia con verbena de disfraces carnavalescos y atuendos estampados con la cara de Trump, más que apropiados para seguir al Showman que no ha dejado de dar espectáculo desde que entró en la Casa Blanca. Y muy propio, también, de los rebaños que se siguen unos a otros sin más criterio que rendir pleitesía a su propia tiranía populachera y poner en peligro la frágil libertad.

Continúa con las grandes nevadas que hay por toda la península. Vuelven las estampas paisajísticas de niños jugando con la nieve y, acto seguido, las de las personas que se cobijan con cartones en los portales cuando el frío arrecia. Desde luego, todo un icono de nuestra normalidad. Como el de la luz, que sufre otra subida histórica; pues se ve que lo de desagraviar la crisis energética de los hogares pasó de moda. Lo que no termina de pasar es el estado de alarma, el toque de queda y los confinamientos perimetrales que en Castilla y León serán, además, indefinidos.  ¿No era de esperar? Ya terminó el asueto de Navidad. Fue bueno mientras duró.

No sigo porque casi todas estas noticias nos llevarán, una vez más a disputas y enfrentamientos, y las Redes Sociales arderán. Más crispación que no alienta al 2021 a ser mejor que el año que deja atrás.

Menos mal que, aquí y allá, sigue nevando y como dice el refrán año de nieves, año de bienes.  Falta saber cuáles serán esos abastos que nos confortarán en los próximos meses. Pero si llegan, que abran el Parte con ellos.