Sería más o menos el año 1995. Un grupo de jóvenes de Santa Colomba de Somoza visitamos Peñalva de Santiago, un espectacular pueblo situado a los pies del Monte Aquiana y Teleno. Desde ahí tomamos el sendero a orillas del Arroyo del Silencio para llegar a la Cueva de San Genadio —lugar sagrado, refugio de eremitas y santos—. Era primeros de septiembre. Puedo recordar los cerezos cargados de fruto, única prueba del paso del tiempo. El Valle del Silencio esconde cascadas, monasterios, cuevas donde muchos buscaron la paz de espíritu y el ascetismo y una singular iglesia mozárabe del S.X.

Allí, en la cueva donde San Genadio se retiraba a meditar, una pequeña estatua de madera lo representa. Todo el que por ahí pasa deja su ofrenda, sus deseos escritos en un papel, alguna pertenencia. Yo dejé un papel con algo escrito. No recuerdo qué pensamientos quedaron allí dejando la huella de mi presencia en el lugar. Han pasado muchos años desde entonces. Debía tener unos diecinueve, recién cumplidos.

Tomé una hoja de mi libreta y escribí como para no olvidar. En los versos del poema que nació en aquel valle aún puedo sentir el frescor del aire, el rumor del agua, el sol y a mis amigos, los que caminaban conmigo desde la infancia, dejándose llevar por el paisaje hasta algún lugar profundo, dentro de sí mismos. Todo era silencio.

Valle del Silencio

Siento penetrar el aire en mis pulmones
y nutrirme de tu esencia y tu paisaje
del sol que desciende  por tus laderas,
y del arroyo cristalino y susurrante.

Y anhelo poder volar y alcanzar el cielo,
que rebosa de su eterna y natural armonía,
mezclar ese instante con la vida
que emana de las risas de las gentes amigas.

Impregnar mi espíritu de tu esencia,
parar cualquier reloj en este momento
y admirar prendado la luz de este valle,
Valle del Silencio.

Y en silencio me entrego a tu conjuro
que me atrapa con su magia en tus senderos,
con el rumor incesante de los árboles
que deprenden sus hojas  con contonéos.

Advierto a mi lado a mis compañeros,
seducidos por los sonidos que emanan
sin cesar, porque en el Valle del Silencio,
ni siquiera el silencio se deja de escuchar.

© Paz Martínez