Algo extraño sucedía en los últimos días en la bimilenaria ciudad astorgana. Todos sus habitantes y los habitantes de los pueblos de alrededor, y los habitantes aún más lejanos, emigrados, desde hace tiempo, en busca de su destino, se habían puesto de acuerdo para salvar la Navidad de este duro año en el que un virus había robado la alegría al mundo. Alguien deseó que la ciudad brillara para olvidarlo por un momento.

Lograron que Astorga fuera premiada como el pueblo más bonito de España y su plaza se llenara de luces. Con esfuerzo y unión consiguieron para la Ciudad Augusta la famosa iluminación de Ferrero Rocher y todos los vecinos fueron obsequiados con bombones para endulzar las fechas.

Pero, como decía, algo resultaba extraño. Tan extraño que aquel logro de todos no hizo feliz a la gente cuando por primera vez se encendieron las navideñas luminarias. Hubo opiniones de todos los tipos y alguna que otra disputa. Unos lo achacaron al desafortunado spoiler que un medio de comunicación hizo del encendido en los ensayos. Otros se comparaban con pueblos que habían sido iluminados en años anteriores y todos sabemos cómo acaba esto de las comparaciones. Algunos pensaban que la plaza astorgana se veía demasiado grande   y quedaba un poco desangelada. Incluso que si la conocida marca, patrocinadora del concurso, tal vez puso más empeño en promocionar su producto que la ciudad… ¡Zarandajas!

¿Pero que ocurría realmente? Yo escuchaba y escuchaba y no tenía ninguna opinión al respecto, pero podía, igual que los demás, sentir ese vacío, esa falta de algo…

Pensé que tal vez somos desagradecidos y olvidamos pronto todo lo bueno que nos ha aportado esta experiencia. Por una vez todos juntos, Astorga unida, la comarca unida con todos los pueblos que la rodean de Norte a Sur y de Este a Oeste, con todos sus hijos emigrados y los que nunca se fueron aportando ese voto para ganar el concurso que la haría brillar. Pero de una manera ineludible ahí estaba el vacío; la ausencia de algo se imponía y nos contrariaba.

Cierto era, que no dejaba de haber sacrificio en el estreno del encendido, como el de tener que verlo por televisión y soportar a los lenguaraces tertulianos del sábado noche, que obligó a muchos padres a tener que mandar a sus hijos a la cama para que no escucharan toda la incontinencia verbal que en cierto programa se vomita, y que hasta a mí, que me considero bruta, me saca los colores y me abochorna.  

Pero seamos positivos que lo contrario ya viene solo, sin necesidad de invocarlo. ¡Lo habíamos logrado! En Astorga brillaban los balcones en recuerdo y homenaje a los días de cuarentena, cuando ese era el único contacto posible entre vecinos. Balcones que habían sido un soplo de aire fresco en los días más difíciles. Y, sin embargo, su brillo parecía ahora inexpresivo y hacía que se increparan unos a otros buscando al responsable de esa falta de calidez.

Al día siguiente las luces se encendieron mucho antes, nada más ponerse el sol, antes del toque de queda. La gente podía por primera vez verlas en vivo y en directo, pasar a su lado, y llenaba complacida la plaza. Yo no estuve, pero me lo contaron. Y entonces lo supe y también pensé en todos ellos. ¿Lo sabrían también?  Nunca faltaron luces, ni eran frías.  Era su propia ausencia en las calles vacías lo que habían sentido. Astorga brillaba también con calidez humana.

Y ahora que sabéis lo importantes que sois, solo recordad disfrutar con cabeza para poder encender todos juntos la Navidad del año que viene. Feliz y mejorado 2021.