TENIERS, DAVID
Amberes, 1610 – Bruselas, 1690 Coloquio pastoril
Siglo XVII. Óleo sobre lienzo

Aunque en el arte poético tiene una gran importancia el dominio de la lingüística y puede que incluso de la filosofía para garantizar excelentes versos, me gusta la idea de explorar terrenos más modestos; tener presente, que la poesía es anterior a todos los medios por la que actualmente la publicamos, y que siempre hubo y habrá poetas que no necesitan conocer las figuras retóricas para usarlas con maestría. La poesía nace en la evocación y se sumerge en figuraciones, enfatizaciones, ambigüedades y poder sugestivo, traspasando los umbrales del plano afectivo- emocional, tanto de quien la compone como de quien la disfruta. 

Sin ir más lejos, el propio Miguel Hernández, que se vio obligado a dejar los estudios a los quince años para ser pastor de cabras, leyó sus primeros poemas en los montes y un buen día, después de haber absorbido todo lo que Calderón, Lope de vega o Góngora le ofrecieron en aquellas jornadas en los pastos, se decidió a escribir convirtiéndose en uno de los mejores poetas de lengua castellana. Uno de tantos pastores solitarios, acostumbrados a intimar con las ninfas de lagos y bosques; que son, además, poetas que cantan y hacen sonar instrumentos que fabrican ellos mismos, unas veces para matar el tiempo, otras para apaciguar el rebaño o para aplacar el miedo.

Mi padre, que era pastor pero que no era poeta, decía: “Quien canta sus males espanta”. Y en alguna de aquellas veces en que me dejó al cuidado del rebaño, o me vi obligada a buscar en la caída de la noche alguna res perdida, yo podía sentir la negrura como un monstruo agarrado a mi espalda, inmovilizándome. Y entonces cantaba una canción pop, recitaba versos aprendidos o inventados, reproducía mentalmente el argumento del último libro leído o narraba un cuento para distraerme. ¡Cuántas veces me crecí invocando al Temido pirata de Espronceda!

Las lentas jornadas de pastoreo permitían, a quien era capaz de aprovecharlas, horas sin fin para la lectura o la abstracción y el diálogo con uno mismo. Yo bebí de esa fuente rebosante de páginas en las largas tardes de verano y descubrí poetas y escritores que me llenaban de palabras nuevas y me revelaban horizontes ignorados. Me viene a la mente el poeta leonés Marcelo Alcalá del que sé que también bebió de fuentes semejantes, cuando se vio obligado a dejar la escuela para ser pastor, siendo muy niño. Pero para entonces, ya había sido seducido por la literatura y la poesía, y no pudo resistirse, años más tarde, a escribir de la vida, de la muerte y el amor en compañía de su rebaño.

Han sido numerosos los poetas que, desde tiempos inmemoriales, han ido al encuentro de la naturaleza, de la vida rural, en busca de un nuevo aliento que insuflar a sus obras. Que fueron o aparentaron ser pastores, otorgando gran protagonismo al locus amoenus o lugar idílico, a la belleza de los paisajes sombreados y rodeados de monte abierto que se reflejan, a lo largo de los siglos, en la poética pastoril.

No todos los poetas fueron pastores, pero sí puede que los pastores hayan sido siempre un poco poetas, sabios o filósofos, sin poner voluntad en ello. La soledad hace que el pastor convierta la naturaleza en un personaje que le acompaña, al que escucha y del que aprende, y que además es único testigo de su mirada sobre el mundo.

Y aunque el género de la poética pastoril es ya algo arcaico, cuya edad de oro parece haberse quedado en un chapado deslustrado, solo interesante para unos pocos curiosos; y el pastoreo es un oficio prácticamente extinguido que nos privará de ancestrales tradiciones, omnisciencias y cantos; la poesía, como un ente vivo, permanecerá en los montes y en las veredas para quien se atreva a aspirarla. Y aunque hoy nadie les de voz y no se codeen con intelectuales, sigue habiendo quienes escriben al compás de los cencerros, y cargan en el zurrón toda la savia que les da la literatura, que tantas jornadas han llevado de compañera.

Cuando comencé a escribir este texto lo hice por puro sentimentalismo y nostalgia del rebaño, de las horas de lectura en el campo y los primeros versos propios y ajenos a la sombra de las paleras, mientras sesteaban las ovejas y pastaban las vacas. Pero a su término, empeñada en demostrar la existencia de poetas pastores en nuestros días, doy con los versos de la joven cordobesa María Sánchez, veterinaria y “poeta pastoril” trashumante que en su “Cuaderno de campo” me deleita con estos versos:

Algo así tiene que ser el hogar:

Oír fandangos mientras las ovejas van
tras sus corderos

Rebuscar con los dedos las raíces

Ofrecer a los tubérculos los tobillos

Convertir la voz en ternura
y en presa

Prometerme una y otra vez
que nunca escribiré en vano
un libro con las mismas manchas