Llaman a la puerta. Es el cartero que viene a dejarme un paquete pequeño. Enseguida lo reconozco, miro el remitente y confirmo. Aquí están, circunscritos al tamaño de un sobre que abro con impaciencia, los últimos latidos del corazón de Ángel Petisme. Tomo el libro y corroboro que es su corazón, dibujado con cera púrpura, lo que enmarca sus primeras palabras, garabateadas con prisa porque se le han ido amontonando las dedicatorias en los últimos días. Mas hondo, en el sobre del que he sacado este libro con “101 poemas para no morir de pánico”, encuentro un regalo inesperado y sugerente, que no puedo desvelar para no estropear la sorpresa a otros, que también lo recibirán. Entonces, empiezo a comprender como se comprende un paisaje a primera vista, sin haber tenido tiempo de recorrerlo, de olerlo, de vivirlo. Comprendo que posiblemente hayamos sido una de las generaciones más afortunadas que jamás haya habido, pero no por mérito propio, ni tampoco sin pagar aduana o limitar la mirada únicamente a nuestra propia parcela. Fantaseo con que, mientras desenvuelvo ese detalle que encontré en el fondo del sobre, Petisme ve cumplido su primer propósito, regresarnos a la infancia antes de comenzar a paladear siquiera el primer poema de esta antología, para que la belleza no muera de realidad. Decido dejarme llevar ante la sospecha de que es su juego para conducirnos por el poemario Nuestra venganza es ser felices, donde lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a meter el mundo, la vida entera, en poco más de un centenar de páginas.

Soy consciente de que nada ha dejado al azar cuando tropiezo con un primer poema, que parece escrito para ser el último, su propia necrológica. Ha muerto, dice, de sobredosis de ingenuidad. Y tal vez por esa ingenuidad es, en parte, que fuimos felices, por cerrar los ojos y no escuchar la guerra al otro lado de la pared, pero también por querer seguir alimentando a golpe de letras, de tinta, de barro y piedra, de danzas y músicas nuestros sueños, aunque acaben muriendo por renunciar a soñar despiertos.

El poeta parece querer mostrarnos que hemos perseguido cantos de sirena y todo se reduce a esa farsa, que se crea entre los que mandan y los que se arrodillan. Y tenemos suerte, si de entre esos dos opuestos, somos capaces de rescatar las cosas de valor, de salirnos de la estadística y vivir a golpe de latido, aunque no encontremos todas las respuestas y aunque eso nos lleve a que nadie nos reclame, y a vivir en una continua despedida. Y yo estoy de acuerdo con esta forma suya que intuyo, a la que apenas me he asomado, de expresar un mundo al que no acabamos de encontrarle el sentido, donde a falta de trinchera propia, combatimos cada día sin ninguna pasión y con ropa de trabajo. Pues he tropezado entre sus versos con esta verdad y otras que aseguran que, hasta la belleza, cualquiera que sea, tiene un precio y, sin embargo, resulta tan necesaria para seguir alimentando el futuro con sueños que, por feroz que pudiera resultar su senda o su naturaleza, es imprescindible contra el frío del mundo, contra la cadena con la que nos ata corto el dinero,  para que no dejemos de subir y bajar las escaleras de los centros comerciales encontrando una felicidad efímera, una debilidad inextinguible, ante tan contundente amo sin alma.

Ahora me pregunto, ¿para qué nos empuja Ángel Petisme con disimulada delicadeza a la candorosa infancia al tiempo que nos adentra, de un plumazo, a sus versos combativos? Tal vez para provocar un despertar frente a estos tiempos sin tregua, de violencia moderna, cibernética, sobre mapas inconclusos, o avivar un enjambre insalvable de preguntas sobre quienes somos, mientras morimos varias veces antes de poder acercarnos, mínimamente, al misterio de las cosas y gozarlas sin jactancia. ¿O será que fue la niñez el lugar donde fuimos felices porque aún teníamos la risa, y volver es nuestra venganza contra los horrores del mundo?

Tan solo han tenido tiempo, mis ansias, de pasar levemente por encima de sus versos, sin detenerme demasiado, y reconozco que cualquier impresión está indiscutiblemente condicionada a esa limitación, por lo que he encontrado en ellos un puñado de preguntas, algunas respuestas y algo que insisto en explicar con sus propias palabras: la argamasa que sustenta mis paredes.

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