Se supone que para enfrentarme a la tarea quincenal de escribir esta columna expresando mi opinión, inevitablemente subjetiva, de aquello que ha llamado mi atención o ha despertado mi interés, debería por lo menos estar informada de las últimas noticias que se producen, de toda la actualidad y desayunar abundantes telediarios de digestión lenta que tienen la propiedad nutritiva de repetir el resto del día. Pero la verdad es que hace semanas que soy consciente de que las noticias, de las que me entero solo a medias, me llegan de soslayo. Bien, porque a pesar de mi negativa a encender el televisor, o no prestarle atención cuando otros miembros de la familia lo miran, no puedo resistirme a echar un vistazo a ciertas aplicaciones del móvil o abrir enlaces que recibo en el WhatsApp, o bien, porque cojo al vuelo conversaciones que me ponen un poco al día.

Lo cierto es que este hecho no se debe a la desgana ni a la indiferencia. Se debe más a la tensión que experimento en los últimos tiempos ante todos los acontecimientos que se dan y sobre los que no tengo control alguno. La manifestación de los incuestionables riesgos, a los que nos enfrentamos como sociedad, ha desencadenado en mí un constante estado de alerta que se traduce en recurrentes momentos de rigidez, o dicho con mayor franqueza, en fases de miedo. Pero por mucho que intento evadirme de parte de las fuentes de estímulo, la información llega, pues no en vano es la era que vivimos.

Ante el miedo desarrollamos conductas defensivas que se suelen englobar en tres reacciones posibles: la huida, el ataque o el bloqueo. En esta situación actual, de miedo colectivo, generada por el reconocimiento de la manifiesta vulnerabilidad del ser humano, es posible que tengamos la ocasión de experimentar todas estas conductas en lote; y cada cual se enfrentará a sus incertidumbres y temores, al estrés, a la angustia y demás perturbaciones con las armas emocionales de las que disponga, tratando de no dejarse arrastrar por los desórdenes psíquicos, que ya han anunciado los expertos, que nos dejará este escenario.

En mi caso, la respuesta ante el miedo no desencadena en huida ni en ataque, y he tenido que aprender a reconocerlo agazapado entre otras emociones y desarrollar comportamientos adaptativos óptimos en consecuencia. Esto último no sé si realmente es muy objetivo, y puede que ni siquiera sea cierto, pues mi comportamiento adaptativo consiste básicamente en jugar al ajedrez cuando mis sentidos se amedrentan y la impotencia me paraliza.   Asumo mi nulidad con cierto escarnio, que yo misma me procuro, cuando ante la inminente decadencia que sufre el sistema sanitario, ante el cierre de actividades no esenciales pero que esencialmente sostienen la economía del país, ante el desconocimiento de un virus que se alarga en el tiempo y experimenta mutaciones que harán su control más dificultoso, ante la incertidumbre de un futuro incierto, yo intento dar jaque mate a la corona negra como si de esta batalla en el tablero dependiera todo. Así que, teóricamente, he aprendido que en el ajedrez avanzar y dominar el centro es la primera regla, entrar sin miedo en el fragor de la batalla, como hacen muchos de los que cada día depende nuestro bienestar. Que quedarse agazapado por las orillas, como otros muchos hacen, pone en peligro nuestra integridad y en jaque nuestra salud. Y que, si no avanzamos, a pesar del miedo, cualquier enemigo real o imaginario se hará con nosotros. Dicen que el ajedrez puede ser útil para saber cómo afrontar diferentes fases de la vida, pero si hubiera una pieza de menor rango que el peón, esa sería yo, observando como se desarrollan los hechos sin saber qué hacer, si tengo algo que aportar, o simplemente si lo poco que hago lo puedo hacer mejor.  Debería tomar más en consideración aquellas sabias palabras de Karpov que decían que “la amenaza de la derrota es más terrible que la derrota misma”. Ahora estaría evaluando en que posición soy más útil en vez de entregada a estériles divagaciones.