Había un hombre en un pueblo muy cercano al mío que durante muchos años guardó en múltiples cuadernos cada memoria de su historia. Ahora, el anciano apenas se sostiene pero cuando yo lo traté era un hombre rudo, como es la gente de por aquí, impasible a los cambios. Pasaban por su puerta los soles y la lunas de cada jornada pero él permanecía indiferente al progreso, a este siglo que no lo vio nacer, como si quisiera ser fiel a la tierra donde dibujaba abstractos pensamientos y fiel a su tiempo. Yo le escribí este poema, a pesar de su mal genio y su carácter algo insolente en pago a los cirios que ponía, de cuando en cuando, a un Cristo pidiendo por mi salud. Nunca se lo dije y puede que nunca lo llegue a saber, igual que no le dije nunca que lo que encuentro en las iglesias no va más allá del interés por el arte y la historia. Aún así, sus buenos deseos para conmigo merecen mi más sincero agradecimiento.

Escucha aquí el poema

Contemplan sus ojos azules un mundo
cambiante que le desconcierta.
Afianzado en su asiento centenario de piedra
masculla las palabras que no entiende,
impresas en las cotidianas tiradas de prensa.

Asiste cada tarde con recelosa mirada
al ir y venir de la gente por su calle
mientras dibuja con su bastón trazos en la tierra
y rememora otros tiempos en los que fue
algo más que un viejo oculto bajo su visera.

Entiende de mucho sin haber estudiado,
ha bregado en mil oficios diferentes
cuando el hambre y la represión de la guerra
lo dejaron de niño, huérfano de pan e
indefenso ante tristezas que no entiende.

Se revela su historia en los surcos de su frente
que se arrugan cada día al mirar al sol.
Cuentan su relato los huesos achacosos,
que le fastidian insistentes, cuando el cielo
se viste de gris y se aloja en su sacro,
el ingrato frío de otro invierno provocador.

Aunque ya nada hoy en día es como antes,
ya nadie sufre por el grano que nace de la tierra
ni nadie le deja confiado, a su vecino, para
que disponga a menester, la puerta abierta.
Y es que el mundo está loco de pronto, piensa,
y ya nadie quiere ser un humilde jornalero
de ásperas manos y vestidura maltrecha.