Desde hace unas pocas jornadas colaboro con el periodista Rafael Cerro en un programa de radio recomendando alguno de los libros que han marcado mi vida. En unos pocos minutos, un día a la semana, intento condensar todo lo substancial de una obra que creo que merece ser leída. Hace unos días le llegó el turno a la última novela de Elvira lindo, A corazón abierto. Me resultó muy difícil transmitir todo lo que leer a esta autora ha supuesto para mí y me quedó un sabor agridulce, como de trabajo a medio hacer. Nunca debí limitarme a la sinopsis de la obra en sí ya que lo que encontré en ella, además de un valiente autorretrato de la escritora, con el que se desangra página a página, fueron mis propios traumas y los rasgos de mi personalidad neurótica y maniática, que persistentemente trato de mantener a raya.   

Elvira Lindo cuenta a través de la historia de su propia familia las carencias emocionales que los hijos de los niños de posguerra hemos heredado. Mi padre nació en el año 1940, fue una persona apasionada y llena de miedos a la vez, que vivía entre la desazón y el impulso de la supervivencia de los que dejaron de ser niños demasiado pronto, de los que no repararon en las oportunidades para salir de la mediocridad o no las supieron sacar partido porque sintieron que no eran suficientemente merecedores de ellas. Con la demoledora frase “la alegría en casa del pobre dura poco” mi padre ponía sobre la mesa todo un pasado lleno de pesadumbre, un presente de permanente angustia y un futuro incierto donde sus hijos heredaríamos sin remedio el único destino posible, íntimamente unido al desengaño, propio de nuestro estrato social, donde cualquier alegría sería siempre efímera y escondería en sus entrañas algún infortunio inesperado. 

Entonces, no se filtraba con tanta medida como ahora lo que se hablaba delante de los hijos y recibíamos, sin impedimento alguno, todas esas aseveraciones con las que éramos involuntariamente golpeados. Todos los miedos con los que habían crecido nuestros padres eran volcados sobre nuestras espaldas y cargábamos con las personalidades celosas, desconfiadas y machaconas de unos progenitores que amaban sin saber cómo, porque se criaron en la mayoría de los casos, en un entorno del que nunca obtuvieron muestras de afecto, aunque lo hubiera, con lo que, con el paso del tiempo y la interiorización de tal circunstancia entendieron los gestos de amor como síntoma de flaqueza y vulnerabilidad.

Pero nuestros padres también fueron capaces de comprender que nuestra generación venía marcada por un pulso diferente y deseaban creer y poner, de una manera casi secreta, todas sus esperanzas en nosotros, los hijos de la libertad. Y eso, también lo percibían nuestras mentes infantiles, lo que nos ponía en un nuevo conflicto emocional. Contraíamos la responsabilidad de intentar “ser alguien”, definición considerablemente abstracta para la que no pudieron darnos más herramientas que el continuo adoctrinamiento de que la vida es sobrevivir a base de trabajo y sacrificio.  

A través del corazón abierto de Elvira Lindo me he ido reencontrando. He vuelto a sentir ese peso del amor por la familia que se encuentra siempre entre el desasosiego y el fervor íntimo que me ata a ella, por más cicatrices que me deje en el alma. Me ha repatriado a los tiempos de perpetua ansiedad donde era incapaz de dejar lugar a la improvisación, donde me enfrentaba a todas mis aprensiones cerrando los ojos y contando hasta veinte, evitando pisar las rayas de los adoquines en las aceras, dejándome arrastrar por absurdas supersticiones, todo instintiva, irracional e inconscientemente enfocado a tratar de no equivocarme jamás y no defraudar a nadie, aunque la realidad haya sido muy distinta.

No puedo añadir más que, si yo fuera la mitad de valiente de lo que ha sido Elvira Lindo, permitiría que esta novela suya desenterrara en mí espacios interiores y alimentaría mis cuadernos con mi propia historia; aunque como dijo Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”. Por lo que transitar las páginas de A corazón abierto me resulta una digna manera de encomendarme a la memoria.