Todo este proceso que arrastramos desde hace meses de incertidumbre, miedo, tristeza, estrés, depresión, inherente a la situación sanitaria actual, esa sensación de que la salud es un bien frágil, de que la vida ha cambiado de manera inesperada e incluso que está en juego, son sentimientos con los que conviven durante años los pacientes de cáncer desde el momento en que son diagnosticados. La buena noticia es que la capacidad de adaptación del ser humano es tan grande que puede llegar a aprender a controlar estas emociones y llevar una vida de calidad.

En octubre se viene recordando la necesidad de apoyo a las mujeres que sufrimos cáncer de mama y todo se llena de lazos rosas. Quiero entender que el lazo rosa es un símbolo de feminidad, pues este tipo de cáncer afecta más a mujeres que a hombres, aunque tampoco ellos se libran de sufrirlo. No voy a entrar en el debate que ya se ha abierto sobre la elección y atributos de este color porque hay una gran gama cromática de lazos para todo tipo de causas y un santoral completo de días dedicados a recordarlas y, probablemente, mucho que matizar en cada caso.  

La cuestión a la que hoy pretendo aludir es, precisamente, que no basta un día, ni un mes al año por más rosa que lo pinten.

Necesitamos una mayor inversión en investigación porque, por ejemplo, el cáncer de mama, que es el del que toca hacer campaña este mes, es la primera causa de muerte de mujeres en España. Pero no hace falta tener una especial agudeza para darse cuenta de  que la actual pandemia frenará muchas de esas investigaciones ante la urgencia de que los laboratorios se centren en buscar una vacuna para el Covid y la falta de recursos para abarcarlo todo.

Si  a este contratiempo, que ya resulta bastante difícil de digerir, sumamos tener que tragar saliva ante declaraciones como las que hemos escuchado estos días de un médico granadino con nombre de superhéroe chiflado, afirmando que el cáncer se cura cuando el paciente desea curarse, convirtiéndonos  en culpables de nuestras propias derrotas, la indulgencia se agota y pienso que quizás ya ha llegado el momento de dar respuesta a los Spiriman del mundo que ante la complejidad de tal diagnostico ofrecen sus grandilocuentes consejos curativos, que nadie les ha pedido.

He escuchado pacientemente, durante los años que hace que vivo con la enfermedad, consejos insufribles por ridículos y por  inoportunos con los que me aseguran la curación, como desayunar limón exprimido con bicarbonato, beber agua de una botella azul puesta al sol, meterme en una bañera de agua casi hirviendo con sal, beber agua marina (aquí no sé si recomiendan más sorber de la costa norte o la costa sur…), visitar un curandero, un chamán, solucionar el nudo emocional que ha producido el tumor y así, un centenar de recomendaciones que, ante mi escepticismo (permítanme dudar de pócimas milagrosas), el mentor de turno tiene la osadía de interpretar  como falta de buena disposición por querer curarme, además de empeñarme en seguir siendo un factor de enriquecimiento para las farmacéuticas mientras continúe cumpliendo las pautas y tratamientos que mi oncólogo me indica. Puede parecer sorprendente, pero estos expertos todólogos son más fáciles de tropezar de lo que cualquiera pueda imaginar.

No pretendo que todo el mundo entienda lo que significa un diagnóstico de cáncer tanto física como emocionalmente. Espero que haya muchas personas que no lo descubran nunca. Pero se agradece, ante tal desconocimiento, no tener que escuchar comentarios infructuosos del tipo “de cáncer de mama ya no se muere nadie, que hay muchos adelantos”. Tampoco nos falta positividad ni ilusión por curarnos y por vivir. Seguimos siendo personas con gusto por la vida y con sueños.

El cáncer es la epidemia silenciosa del siglo XXI. Solo en España se diagnosticarán este año más de 32000 casos de carcinoma de mama, pero existen otros, más de doscientos tipos diferentes de tumores que afectan a toda la población mundial. Y las cifras van en aumento, una de cada tres personas padecerá la enfermedad en algún momento de su vida. Garantizar el futuro de la investigación es imprescindible. Y no banalizar sobre ella, también.