Ha coincidido que en los dos únicos actos culturales a los que me ha sido posible asistir, en los últimos tiempos, he visto como los protagonistas, en cada uno de los casos, han considerado vital revindicar lo imprescindible que resulta la cultura para el desarrollo social y personal y para el equilibrio emocional.

Eso y otros pormenores que se han dado últimamente me han llevado al triste razonamiento de que la cultura agoniza arrinconada, tanto por los que la evalúan como consumo prescindible en tiempos de crisis, como por los que solo buscan en ella mercantilismo o sustento para el ego.

Este silogismo, como decía, se ha producido a causa de las reflexiones, que con pocos días de diferencia escuché del músico y poeta palentino Héctor Castrillejo y del escritor vallisoletano Jesús Anta. Reflexiones, por otro lado, de sobra interiorizadas, pero en las que no está de más ahondar para provecho de todos y enmienda de posibles percepciones desacertadas. 

Héctor Castrillejo no solo defendía la cultura como “saber” si no que rescata toda la amplitud de la palabra, desde sus principios etimológicos, que refieren el cultivo de la tierra y su verdadero conocimiento, desembocando a través de esta, en la herencia del patrimonio material y espiritual transmitido de generación en generación. Recalca la importancia de permanecer a través de la supervivencia de las lenguas, la conservación de los conocimientos primitivos, las costumbres y las tradiciones. Recuerda como las tribus ancestrales consideraban importantes a los componentes que preservaban la identidad del grupo.   

Una semana después escuché decir al escritor Jesús Anta que, “desde el principio de que nadie sabe más que todos, es importante la colectividad”. Que “los pocos saberes de muchos constituyen el saber grande de la tribu” porque “cuanto más indagas en lo pequeño, más acabas entendiendo el mundo, entendiendo lo universal”.

Ambos reflexionan de forma semejante sobre el concepto de cultura y su trascendencia y no son ajenos a que continuamente es relegada a una simple travesía de ocio; una concepción social claramente equivocada que hará, más pronto que tarde, languidecer las raíces de esta sociedad.

Parece que la cultura artística no ha dejado de ser ese árbol del conocimiento cuyos frutos, casi siempre que se disfrutan es de balde, porque a quien la cultiva no se le recompensa como a cualquier otro componente de la sociedad que desempeña una profesión; por lo que muchos artistas y creadores no consiguen llegar a fin de mes y mucho menos proseguir con su actividad siendo empujados a abandonar y buscar un trabajo “de verdad”. Hagamos un esfuerzo y echemos abajo el argumentario caduco de que la cultura es simplemente ocio y evasión, puesto que es un bien común, un fenómeno distintivo de los seres humanos, que nos sitúa en una posición diferente a la de los animales. Es el conjunto de saberes amasados por la humanidad a lo largo de toda su historia. Es la educación hacia la   libertad, que crece, gracias a las grandes obras literarias, a las artes musicales y visuales; independientemente del estrato social al que se pertenezca.

No basta con mantenerse al margen y dejar que las cosas sean, hay que experimentarlas y mantenerlas vivas. Y para eso, lo importante no es cuánto arte seamos capaces de crear, sino cuánto somos capaces de apreciar pues no hay inversión más rentable que la de cultivar el espíritu.