Si en algo ha influido esta pandemia, ha sido en las relaciones con los lugares comunes donde era acostumbrado coincidir y acabar enredado en cualquier conversación más o menos trascendental. Bien sabido es que, de esos lugares, destacan las muy concurridas consultas de los Centros de Atención Primaria visitadas, asiduamente, por la tercera edad; muchas veces por necesidad y, otras cuantas, porque siempre hubo quienes, aburridos de todo, encontraban en el paseo matutino y en la disculpa de tomarse la tensión, medirse el azúcar o recoger las recetas, una buena distracción para pasar la mañana. No obstante, aún a riesgo de recibir un aluvión de críticas, abogo por la apertura y la normalidad de las consultas en los Centros de Salud de Atención Primaria, por supuesto con sus necesidades de personal cubiertas; y ya puestos, también en el resto de las Administraciones Públicas, ya que la posibilidad de contagio, en las mismas, no creo que sea mayor que el que se pueda producir en un teatro, un cine, un centro comercial o un bar. Sin embargo, en muchas comunidades, la entrada en consultas médicas y oficinas para la atención ciudadana resultan, en estos momentos, más difíciles de franquear que la frontera de Corea del Norte.

Pero que nadie se lleve un mal rato porque disfrutamos de la importancia de que se haya priorizado el funcionamiento de los bares. Además de las ventajas de la especial idiosincrasia de la que gozamos todos los españoles, que nos concede la virtud de saber de todo, haciendo prescindibles a los profesionales más cualificados.  Y ese “todo” de sabiduría lo manifestamos y compartimos, a puñados, en este lugar de encuentro, sin el que cualquier ibérico, con un poco de sangre en las venas, no podría vivir. Mientras tengamos bares que no cunda el pánico. No hay mejor lugar para solucionar cualquier cuestión. Las conversaciones de bar son el Vademécum de todas las especialidades. Se escucha desde hace años que España es el país donde los psicólogos lo tienen más crudo, y es que son fácilmente sustituibles en cualquier taberna por parroquianos que dominan a la perfección la terapia del “si yo fuera tú”, el “tú hazme caso a mí que sé de lo que hablo” y el “yo sé mucho de esto porque también le pasó a mi cuñado”.

En la barra del bar con una caña o vino en la mano no hay crisis que se nos resista. Y por el módico precio de un café se pueden hacer consultas y obtener análisis en profundidad, con debate incluido de los expertos de turno, que estarán encantados de poder dar sus mejores lecciones. Así que, teniendo a la vuelta de la esquina, la solución en materia de sanidad, política, enseñanza, economía y empleo, puede que no haya necesidad alguna de volver a poner en marcha la atención directa al público de las delegaciones oficiales. Contamos en nuestras cantinas con profesionales de todos los ámbitos e incluso con algunos que otros presidentes de gobierno, de los diferentes partidos, que lo harían mucho mejor, sin duda, pero que no se animan por su intrínseca humildad.

Pero si alguno de ustedes llegó hasta aquí leyendo, que en ningún momento piense que esta opinión tan española es un alegato contra los bares. De ninguna manera. Todo lo contrario. ¡Qué haríamos sin bares! Qué haríamos sin este gran pilar de la economía de un país decidido desde hace años a consagrarse casi en exclusiva al turismo y al sector servicios. Tal vez el quid de la cuestión sea que, para mantener las administraciones, debamos seguir tratando nuestros asuntos mientras vamos sumando rondas.

¡Otra caña, por favor!