Hace unos días, un grupo de amigos, emprendimos una ruta de senderismo que nos llevaría desde el pueblo maragato de Manjarín al de las Tejedas, en el Bierzo. La ruta estaba perfectamente marcada y el itinerario parecía bastante sencillo. Se desarrollaba a través de un bosque de robledal, revestido de espléndidos líquenes colgantes, que nos adentraba en el valle permitiéndonos descubrir, a cada paso, avellanos, acebos y arces, entre otros árboles y arbustos. En fin, un asombroso boscaje y un arroyo de aguas claras que descendían por la verdusca umbría nutriendo los helechales. Pero como ocurre en la vida, los caminos tienen recorridos inesperados y al poco, empezamos a ver que las nevadas del invierno pasado y, los consiguientes aludes, habían tirado árboles que, enmarañados unos con otros, obstaculizaban la marcha. Las ortigas, los espinos y las zarzas, se habían valido de los troncos caídos para amarrarse con fuerza y crear barreras que enfrentábamos, cada pocos metros, o nos hacían variar el rumbo buscando alternativas para poder continuar. Por supuesto, podíamos haber tomado la sabia decisión de desistir de la excursión ante tan desalentadora perspectiva, pero ninguno de nosotros lo planteó. Paso a paso, llegamos a un punto de no retorno donde solo podíamos, con mucha dificultad, seguir adelante. Durante bastantes horas avanzamos con obligada lentitud, a veces, saltando por encima de los troncos, otras serpenteando por debajo, cruzando el arroyo, subiendo el valle para ver dónde se abría el sendero o descendiendo cuando era imposible continuar por él. Aventureros errantes en mitad de la espesura, que suena muy novelero, pero que está justificado porque cuesta creer que viviéramos semejante episodio, poniendo a prueba nuestros límites.

Esta experiencia, pese a las magulladuras, las heridas, los porrazos, la incertidumbre, el miedo, y el agotamiento, la defendí frente a los lógicos razonamientos en contra, como una experiencia vital que muestra la capacidad que tenemos para seguir adelante y superar los obstáculos. Con el paso de los días, cuando pienso en ello, me viene a la cabeza una palabra. Insensatez, pensaréis; y no niego que, en parte, no la haya. Pero elijo resiliencia.

Resiliencia es una palabra que se ha puesto muy en boga pero que va mucho más allá del uso rutilante del vocablo, metido a calzador, como tantos otros, para parecer más versados ante nuestros resignados oyentes. Si ponemos un poco de atención sobre su etimología sabremos que procede del latín “resilio”, volver atrás, volver de un salto, resaltar o rebotar. La resiliencia define, sin embargo, la capacidad de adaptarse y superar la adversidad. Distingue dos mecanismos: la resistencia frente al infortunio, a través de la aptitud de preservar la propia integridad bajo presión; y más allá de dicha resistencia, la capacidad para no perder de vista conductas vitales positivas, pese a las circunstancias más difíciles. Esto demuestra que cualquiera de las decisiones que hubiéramos tomado en aquellos momentos, volver atrás o seguir adelante, hubieran sido actos de fortaleza y, como ocurre en la propia vida, retirarse o desafiar es completamente legítimo, dependiendo de lo que en el momento nos resulte más conveniente o satisfactorio. Lo contrario sería, una predisposición pesimista a centrarse en todo aquello que resulta angustioso, así como en los resultados negativos.

Por lo tanto, ser resiliente exige habernos cuestionado obteniendo una respuesta honesta. Exige saber fijar límites adecuados de carácter emocional entre nosotros y el medio en el que nos desenvolvemos, sin caer en la misantropía. Requiere encontrar lo cómico en el propio drama. Ser capaces de crear equilibrio y propósitos a partir del caos y tener gusto por ponernos a prueba en tareas cada vez más arduas.

Ser o poder llegar a desarrollar resiliencia, a mi modo de ver, es tener capacidad para reconocer las cualidades que hemos atesorado a lo largo de la existencia, en las diferentes encrucijadas, que nos han obligado a resolver múltiples desafíos; y saber utilizarlas para avanzar, para no sucumbir y perdernos del todo en el camino, logrando que este mantenga su sentido. Pues tal como expresó Friedrich Nietzsche, “aquel que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.”

Por lo tanto, frente a la disquisición expuesta, puedo concretar que el balance de la experiencia es manifiestamente positivo y me lleva a considerarla un aprendizaje indiscutible. Además de poder reconocer a mis compañeros de ruta, como buenos compañeros para la vida.