Impaciente, a punto de recibir septiembre, un mes que me emboba con su juego de luces, que torna las calles del pueblo de un tono sepia, como de foto antigua; que hace que el aire recupere parte de su frío natural, regrese el silencio y se acreciente la necesidad de buscar más tiempo para pensar, para sentir, para ser; me permito aflojar un poco, e intento dejarme guiar por los ritmos vitales, que tienden al estímulo o la calma según el día o la noche; o la estación del año. 

El reto de volver a emparentar con estos ritmos biológicos resulta cada vez más complicado y peor considerado. Hablar de detenerse, descansar y encontrar la manera de estar con uno mismo se ha reconvertido en una majadería que, de cuando en cuando, alguien suelta para parecer más interesante y profundo. Debe resultar más equilibrado, paradójicamente, el sometimiento continuo a estímulos que nos empujan a comunicarnos sin parar, y que no nos permiten ni un segundo de silencio. Nos preocupa estar solos y, ante ese escenario, corremos en busca de la compañía de la televisión, la radio, internet o el cargante teléfono con sus infinitas aplicaciones que nos maniatan sin ninguna misericordia a la urgencia de respuesta, entrando y saliendo de ellas, como roedores en una ratonera. Hipnotizados por esa respuesta inmediata a cualquier inquietud, ha pasado a estar completamente injustificado que no nos respondan un WhatsApp por frívolo que sea, que no recibamos un “me gusta” al post de moda que acabamos de subir, al chiste recurrente o a la publicación biográfica de Facebook o Instagram y, tales agravios, hayan dado al traste con relaciones familiares, de pareja o amistad. Estas “descortesías” están empezando a estar peor vistas que no saludar cuando te cruzas en la calle, no ceder el asiento a un anciano o no decir por favor y gracias. Hemos agachado literalmente la cabeza ante ese avispero que se nos mete dentro, de manera insidiosa, a través de las pantallas y nos exige estar siempre “en línea”, eliminando cualquier posibilidad de convivir a solas con nosotros mismos.

Resulta completamente antagónico a nuestros días pensar en Sócrates, que pasaba horas inmóvil en un mismo lugar, silencioso, imperturbable, aunque tuviera que estar a la intemperie; todo con tal de desarrollar un pensamiento que solo abandonaba cuando lo concluía. Hoy, semejante extravagancia, puede inducir a adjetivos como huraño, inadaptado social, amargado, necio o loco.

Por supuesto que sí, que el ser humano necesita la compañía de sus congéneres, le ayuda a reafirmase en sus convicciones y a familiarizarse con las de otros.  Pero por el camino ha ido perdiendo su singularidad y la capacidad de vivir de manera apacible y generosa consigo mismo. Se ha ido privando de la relación con la naturaleza, sus sonidos y sus ciclos. No se siente tranquilo. Vive a cuenta de las reacciones de los demás, de su benevolencia, su empeño en gustar y su demanda de atención.

Pienso que superar los propios límites, respirar y descubrir lo que es importante, hacer únicamente aquello que se desea, crear, ser más empático y a la vez independiente, se logra porque nos damos la oportunidad de mirarnos adentro. Y ahí está, si somos valientes y nos lo permitimos, esa matriz íntima que sin necesidad de abandonar nada; ni hogar, ni ciudad, ni amigos, engendra nuestra propia voz.

Parafraseando a John Milton, un corto retiro trae un dulce retorno y, a veces, la mejor compañía se llama soledad. 

Foto: Elena Román Lamelas