Foto: Alberto Sierra Martínez

En los últimos días he pasado las tardes del recién estrenado verano acomodada, en un rincón con sombra, del patio de mi casa leyendo ese cuento corto que escribió Steinbeck titulado “La Perla”. Es de lectura fácil y rápida, pero el calor hace que me abandone a ensoñaciones de duermevela y me haya llevado varios días. A veces, reconozco, que he parado deliberadamente, a causa de la punzada en el estómago que me producen algunas de las escenas del libro, abstrayéndome en diversas reflexiones. Sin intención de destripar el argumento (hacer spoiler, para los más modernos), “La perla” trata de una familia de pescadores compuesta por una pareja y su hijo que viven en una aldea, se ganan la vida pescando, y muy de cuando en cuando, venden alguna perla que encuentran. El hijo es picado por un escorpión, y el padre sale a buscar una perla para pagar al médico, pero no encuentra una cualquiera, sino una perla enorme, de grandísimo valor. Además de sanar al hijo, le surge la oportunidad de salir de la pobreza y comienza a plantearse un nuevo futuro al tiempo que crece la sombra de la desconfianza en su interior. Tiene miedo de ser engañado, de los ladrones, de las envidias, de los ojos que le miran pero que ya no le ven igual, porque los siente rumiar sobre qué harán para que esa fortuna les pertenezca. La prosa de Steinbeck tiene muchos ingredientes emocionales que se sustentan en la parábola social y moral que hace que el lector, empatice fácilmente con el deseo de éxito de los personajes principales, amén de que, por un motivo u otro, todos deseamos una vida mejor. Observamos cuanto poseen los demás y queremos para nosotros ese golpe de suerte que nos permitirá tener lo suficiente para cumplir nuestros sueños; tener una casa, un coche, formar una familia, viajar, etc. En definitiva, ser felices sin grandes preocupaciones.

Pero cuando la fortuna visita la casa de la gente humilde se acostumbra a juzgar, erradamente, en cómo estas personas cambian volviéndose orgullosas, hurañas y desconfiadas, aunque lo que sin lugar a duda se viene oscureciendo, es la forma de mirar del entorno, lo que suscita, a su vez, una transformación en ellas.

Contiene el relato de Steinbeck, una buena ristra de frases que concuerdan con el párrafo anterior, dejando ver que, lejos de la felicidad compartida, la suerte atrae a los malos compañeros. Que pueden adivinarse muchas cosas en la posición de un sombrero en la cabeza de un hombre, o lo que es lo mismo, que mucho se puede revelar en la pose de cualquier persona, por más que quiera demostrar otra cosa.  Que las personas no se satisfacen, se les da una cosa y siempre quieren más, aunque este hecho se justifique, en parte, como una virtud que nos diferencia de los animales y nos ha alentado a seguir evolucionando. No obstante, dice el autor, que una sociedad, se asemeja mucho a un animal. “Tiene un sistema nervioso, una cabeza, unos hombros y unos pies. Es un todo emocional.” Y cuando la fortuna llama a la puerta de alguien, debe plantearse si es lo suficientemente fuerte para abrir, sin acabar desmembrado de ese “todo” tras un muro de barruntos. Si es capaz aceptar los triunfos sin permitir que cambie el latido de las cosas. De tener la necesaria prudencia para no dejar de escuchar la música interior, para que todo lo que haga y diga a partir de entonces sea parte de la misma canción, y seguir componiendo, valiéndose, en igual forma, de los retintines y de los ecos ajenos.

Todos nos sentimos inevitablemente ligados al éxito bien por sus frutos o por la ausencia de ellos. Incluso despreciamos en más de una ocasión, con burla, tanto el fracaso como el logro ajeno, experimentando infinitos conflictos entre la unión y el individualismo. Y nadie está a salvo de semejantes flaquezas, ni como víctima, ni como verdugo. Por lo que poner los ojos en un objetivo y decirlo, es estar a medio camino de alcanzarlo, pero también es atraer a los lobos que impedirán el paso para que nada cambie, sin que puedan cobrase una parte.  

Ante tanta adversidad y tribulaciones expuestas, nos queda la despreocupación de seguir sin ser nadie, y la fortuna de no haber sido bendecidos por el éxito.