Elijo nueve poemas al azar de Opus Luciferina de entre los 666 que lo componen y encuentro entre los versos al autor benévolo y apacible, diferente al juego de sintagmas con el que parece que pretende hacernos imaginar cierto pensamiento abrigado en lo maligno del Ser. Descubro una claridad sobre el mundo y sobre su propia sombra que me obliga a replantearme el significado de las palabras.  

Esta “Antología del desconcierto”, pudiera parecer irremediablemente inconexa, por su extensión en el tiempo y por los diferentes libros que ocuparon distintos estantes de intencionado olvido, pero que ahora, se ensamblan en esta obra, a la luz de los años y la experiencia.

Pone rumbo, esta singladura, a los tiempos oscuros del destierro de su patria de domingo, que no escuchaba su llanto sordo de seminarista en otra tierra, más al sur. A los años locos en el rincón de una plazoleta donde sestea el tiempo adormilado. A la ausencia y el eterno retorno donde vuelve porque no tiene un sitio mejor donde reposar sus huesos el hijo de Eva, que más de una vez se sintió lejos de cualquier lugar. Se describe como un animal político que nació poeta a empujones, entre llantos, sucio de líquidos turbios de la vida, sabiendo que el amor lo conquista todo y que hubiera muerto de secano de no ser por los manantiales de unas manos. Sabe que un día, las ortigas y las zarzas desgarrarán sus entrañas y solo sentirá en las venas quietud frío y silencio. La memoria de la harina espolvoreada sobre la madera de la mesa de la última cena, mientras se pregunta qué hacer con las sombras que le cuelgan de los dedos y con el regusto en el paladar a rosas muertas. Recurre después de todo medio en broma a la parte seria y reconoce que en este viaje es el maldito bolígrafo el que le utiliza miserablemente.

Yo lo leo atenta, me empapo con las imágenes que se desprenden de sus palabras, pero ni siquiera sé si desnudo la misma verdad que describiría Delfín, aunque haya usado sus mismas palabras arrancadas de sus versos. Arroja mucho más profundidad su obra, mucha más lucidez, de lo que yo puedo, siquiera, insinuar en unas pocas líneas jugando a enlazar sus versos al azar. No obstante, casan perfectamente lo que hace que Opus Luciferina abarque el universo infinito del poeta y del hombre, permitiéndonos confluir en él.

Aterronado el campo de secano

se contrae en una sístole solar

bajo su cota de malla

y se encoge y se apelmaza

hasta convertir el corazón del labrador

en una piedra negra, dura y seca.

Desde que no lleve sobre las enjutas carnes

aquel polvo de alas de mariposas

están en los huesos estos oteros arcillosos

con pueblos muertos

en los que la luna se recrea

pintando acuarelas en las ruinas.

No debí volver a aquel lugar sin río

donde me ahogué,

y hoy se muere y me mata de sed.

Opus Luciferina, Delfín Nava

Sobre el Autor

Delfín Nava Castillo nació en Fresno de la Vega (León) en 1955. Cursó Magisterio y Filosofía y letras en la Universidad de León. Escribe narrativa y poesía.

Reúne gran parte de su poesía amorosa en el libro Fulgor de Atardecer de Otoño.

Primer premio en el certamen internacional Villa de Guardo en 1982.

Mención Especial en el certamen Claraboya de Narración y Poesía en 1982 y 1983.

Accésit en el Concurso de Poesía Esencia de Mujer en 2013.

Primer premio “Gregorio Samsa” de novela Breve de Aperión Ediciones con los Laberintos de Mnemósine, en 2017.