Enlace al artículo en Astorga Redacción

Foto: Alberto Sierra Martínez

El verano ya está aquí y una no sabe cómo sentirse al respecto. Me debato entre los deseos del reencuentro con familia y amigos, y la urgencia de que el trance pase cuanto antes y volver a recuperar la sensación de seguridad. No es que yo no quiera salir de mi agujero, no. Es que soy poco de atracciones de feria y siento como si nos acabaran de meter en el tren de la bruja y cuando parezca que ya vamos saliendo del túnel nos vamos a llevar todos los escobazos.  Posiblemente sea una víctima más del Síndrome de la Cueva que, personalmente, creo que solo existe para dar juego a los vehementes que gozan de inventarse padecimientos. Tengo, sin embargo, la sospecha de que estábamos viviendo una vida de excesiva agitación y de repente hemos encontrado refugio y cierta serenidad en nuestro hogar, al que estábamos poco aclimatados y del que hemos logrado de pronto cierto equilibrio ante esta sociedad consumista y crispada.

Aunque lo que ahora resulta preocupante es que no sabemos cómo vamos a desembuchar esa locura transitoria que, cada año, se apodera de nosotros durante las jornadas estivales, sumada al fin del estado de alarma. La pandemia ha establecido sus propias reglas que nada tienen que ver con la relajación de las normativas sanitarias. Por suerte, en los pueblos, quedan fuera de toda posibilidad las fiestas patronales, los eventos y las actividades grupales. Mejor prevenir que curar ante el temor de que más de uno se crea que ya estamos en otra película y de que otros, en contra posición, perciban al resto como posibles armas de destrucción masiva. Que ni una cosa ni la otra. Pero se ve que lo del término medio, y con el verano en pleno apogeo, ahora más que nunca, será cosa difícil de equilibrar. Pero quién sabe, si no sabemos siquiera si al verano se le puede llamar verano sin los amores romántico-adolescentes que, por cierto, no estaría de más que este año quedaran sujetos a los decimonónicos usos de pelar la pava a una distancia decorosa, con las golondrinas repiqueteando en las ventanas y las madreselvas escalando tapias. Y ya puestos, tampoco estaría de más darle una vuelta a eso de sacar la silla al fresco para vernos todos porque si no, vamos a precisar de un calendario de citas para ver a la cuadrilla de toda la vida por turnos u orden de aparición, o congregarnos en las praderas dejando una distancia de dos varas por persona.

Pero con lo frágil que es la memoria y la facilidad que tiene la balanza social para inclinarse cada vez más hacia la relajación de las medidas de prudencia, mucho me temo, que el más peligroso de los contagios es el que se da por presión de los pares o conformidad, es decir, por hacer lo que la mayoría impone modificando la respuesta de precaución, que tan beneficiosa nos ha resultado, por auténticas temeridades, abandonando las acciones que nos mantenían a salvo. Con lo que si es momento de salir, vacacionar y explayarse mejor lo hacemos todos a la vez y si la mascarilla nos da calor pues nos la quitamos también todos. Y seguimos dando cuerda a las ofertas de destinos vacacionales y campamentos para niños “COVID Free” donde hacen voto de colocarte el termómetro nada más llegar y certificar el buen estado de salud a golpe de test rápido que, teniendo en cuenta su porcentaje de eficacia, la ausencia de sintomatologías de algunas personas y que el virus se manifiesta después de varios días, me atrevería a decir que se me antoja más fiable una promesa electoral.

En fin, esperemos que este recién estrenado verano, bajo un sol de justicia y sin una sola actividad en la que matar el rato, sea el más atípico que se recuerde para que no lo tengamos que lamentar y tengamos otros muchos por delante.