Accede al artículo en Astorga Redacción

Resulta curioso descubrir que todas esas escenas de películas medievales que vemos con grandes banquetes de palacio donde todos comen como cerdos, trincando la pitanza con las manos y masticando a dos carrillos, está bastante lejos de la realidad que se vivía entonces en la aristocracia, pues tener buenos modales en la mesa era una forma de distinguirse de la plebe y sobre todo de destacar por encima del resto de comensales. Si esas imágenes nos han servido, en algún momento, para hacer comparación y declararnos más civilizados ya podemos ir quitándonoslo de la cabeza porque a una sociedad a la que hay que recordarle constantemente que no está bien orinar en la calle, escupir, tirar basura, vaciar ceniceros en la vía pública por la ventanilla del coche, dejar a los niños correr en los restaurantes mientras el camarero hace malabarismos para no tirarles una bandeja en la cabeza, no recoger las caquitas del perro, dejar residuos cuando vamos al campo y mil maneras más de ser cafres con matrícula de honor, nos habrán llegado los gozos de esta época tan avanzada, pero no la sensatez, cuya ausencia demuestra constantemente lo asilvestrados que estamos. Y eso, sin tener en cuenta los nuevos tiempos, en los que podemos tropezar, en cualquier calle, con guantes y mascarillas adornando las aceras gracias a nuestra perpetua imbecilidad.
Por supuesto que la manera de conducirse en los modales va cambiando y se renueva, de forma y manera, dependiendo de la época. Pero no depende de ésta, la garantía de que el desarrollo se dé indiscutiblemente para mejor pues, en ocasiones, nada ha podido evitar que suspendamos en urbanidad. Hemos cambiado y con nosotros nuestras costumbres, la forma de relacionarnos y de entender la buena educación. Con el progreso en las telecomunicaciones y la era digital se le ha dado un giro completo a las relaciones verbales que obedecen, ahora más que nunca, a otros muchos factores, más allá de la influencia de la educación recibida en el núcleo familiar o en la escuela y lamentablemente, dejan al desnudo arengas de lo más vulgares, griterío y ausencia de rigor. Y si nos detenemos, ligeramente, en la observación de las redes sociales la cosa se pone todavía más peliaguda pues detrás de una foto de perfil más o menos identificativa, o del anonimato deliberado, siempre eludiendo el cara a cara, muchos se inflan, echan pecho, entran a matar sin ton ni son y sin dar los buenos días siquiera. Porque sí, porque ellos lo valen y es tendencia apoltronarse detrás de una pantalla a imponer criterios y largar atrocidades, porque lo que suma es llamar la atención y poner en evidencia al primer inocente que se cruce por delante. Por eso, llegados a este punto, hay una pregunta que me da vueltas en la cabeza, y es si somos capaces de abrir de par en par las ventanas de nuestro Whatsapp y redes sociales y dejar que nuestros hijos las recorran sin sentir vergüenza de cómo nos comportamos y la clase de personas que encontrarían.
Si actuando sin pensar, nos abandonamos a cómo pensamos, si somos capaces de incitar la violencia, de descalificar, perder el sentido común y volcar todo nuestro empeño en ver lo mal que lo hacen los demás y en seguir minándonos unos a otros, derrochando mala educación, es porque no somos tan civilizados como nos creemos y bien nos vendría dedicar algún rato libre a averiguar a dónde pretendemos llegar y cuestionarnos qué estamos enseñando a los que vienen detrás y qué valores les vamos a dejar.
Al leer esto posiblemente surjan pensamientos del tipo “¡es verdad, que sucias están las calles!”, “¡menudo festival, las redes sociales!”, “¡es que ahora todo el mundo sabe de
todo!”, “¡y que mal está la televisión, no echan nada decente!”. Pero no nos engañemos con parcas amonestaciones, porque las calles no son sucias, los sucios somos nosotros. Las redes y la televisión somos nosotros, son nuestras palabras, nuestras imágenes, nuestras opiniones y nuestras tendencias. El barrio, el pueblo y todas las conductas sociales que lo componen somos nosotros. Y la buena educación no se mantiene con solo saber usar los cubiertos.