Enlace al artículo en Astorga Redacción


Hace apenas un par de meses leía una entrevista a Gamoneda en la que hablaba de la publicación del segundo volumen de sus memorias. En ella, hablaba del hambre y de la pobreza. Contaba cómo había empezado a trabajar con catorce años. Decía que, por entonces, sentía la pobreza como un hecho natural, declaración con la que me siento completamente identificada, puesto que, cuando uno es niño y pobre se piensa que no existe más horizonte que el de propia la pobreza.
Una sacudida me recorrió la columna vertebral al leer aquellas palabras que me devolvían a una infancia en la que, por fortuna, no conocí el hambre, pero sí la pobreza y muchas clases de frío que aún llevo metido en los huesos, entre otras razones, porque soy hija de pastores, analfabetos funcionales que apenas salieron del pueblo, y recuerdo trabajar en casa desde muy niña —como muchos de mi generación en el mundo rural— echando de comer a los cerdos y a las gallinas, apacentando a las vacas y a las ovejas en las praderas mientras en casa no sobraba de nada y el calor de la vivienda se limitaba al habitáculo de la cocina. En primavera se trabajaba el huerto, se sacaba el estiércol a mano y esquilábamos las ovejas. En verano recogíamos la hierba con el carro uncido a las vacas y descargábamos camiones de paja de Tierra de Campos para el ganado. En otoño recogíamos los frutos de la tierra y cortábamos y almacenábamos la leña para el invierno. Siempre había tareas al volver del colegio. Pero lo compensaban las tardes de pastoreo porque podía leer todos los libros que quisiera y escribir lo que se me pasaba por la cabeza.
Por supuesto, hay infranqueables diferencias entre Gamoneda y yo. No sólo por el hecho de pertenecer a generaciones completamente diferentes, sino también diferencias intelectuales por las que el poeta es de reconocido prestigio mientras que, la que suscribe no va más allá de ser una simple juntaletras sin méritos que no se gana, ni pretende ganarse la vida con ello.
Sin embargo, el poeta en su entrevista confiesa que busca, a través de sus memorias, reencontrarse, saber de él, descubrir qué ha dejado atrás. Un motivo más por el que crece mi admiración hacia su persona y lo siento tan cercano. Porque, sobre todo, escribo para conocerme y para reencontrarme, aunque a veces no resulte fácil, sí además lo quiero mostrar, ya que el deseo superación dentro de las propias clases humildes suele estar aún muy vilipendiado y enseguida cargas con la etiqueta de advenediza o de pretenciosa.
Es muy posible que, ciertamente, me quede grande escribir, a partir de hoy, una columna quincenal en este periódico y por ello haya sentido tal desasosiego que, de no saber por dónde empezar, me vea obligada a recurrir a las palabras de Gamoneda para romper el hielo y reclamar vuestra atención. Y es del todo probable que no llegue, ni de lejos, a la talla de otros articulistas del Astorga Redacción como mi amigo José Luis Puerto, Pilar Blanco o López Trigal y por eso me encuentre apelando a la aquiescencia del lector explicando, como pretexto, mis humildes raíces. Pero merecen todo mi esfuerzo y agradecimiento infinito la invitación y la confianza depositada en mí por Eloy y Toñi y espero no defraudar con mis Serendipias de las que confío que podáis disfrutar, de vez en cuando, con algo que resulte gratamente inesperado, aunque no deje de ser más que una provinciana que sigue teniendo sangre de pobre.