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Afronto la jornada acurrucada en el rincón

más apartado de mis entrañas,

internándome perezosamente

en el desolado transcurrir

de las horas vírgenes.

Las cosas más importantes

nunca me parecieron otras

que no fueran

las que brotan de los espasmos

de ese músculo que me bombea la sangre,

pero algunas existen donde yo no alcanzo

a tocar a través de mi ventana.

Me es muy difícil declarar

que en este momento sujeto a la noche

yo también flaqueo y protesto.

Me rompo, o me sorprendo

apagando fuegos, y tiemblo

ante el látigo del infortunio.

Suplico porque no sea

un pozo de ausencias

el destino de nuestro penitente camino

Que sólo sea este un intento

de ponernos a prueba

de volvernos a unir uno a uno

aunque hoy, nadie llegue hasta mi puerta.