Cuatro días de reclusión y ya hemos aprendido un montón de cosas. La primera que cuatro días no son nada, absolutamente nada. Cualquier gripe común nos hubiera tenido sin duda cuatro días convalecientes en casa. Sin embargo, esta vez nos hemos volcado en las redes con nuestras propuestas culturales, musicales y de ocio. Y sobre todo nos hemos lanzado a opinar de todo, de lo humano y de lo divino e incluso nos hemos metido en algún charco que mejor nos hubiéramos ahorrado pisar.

Antes criticábamos que nos faltaba tiempo y espacio para nosotros mismos, el lema “que paren el mundo que yo me bajo” fue en muchas ocasiones abanderado por todos. Y el mundo se ha parado. Pero nosotros no sabemos parar, nadie nos ha enseñado y nos revelamos ante esa realidad.

Hoy es el cuarto día. Ni un solo verso escrito. Mi mente está completamente vapuleada por pensamientos que van y vienen, por nerviosismo por inquietudes y ganas de todo, sin un comienzo definido del que echar mano porque no soy capaz de serenarme, de centrarme ni de concentrarme.

El día uno pensé que era una oportunidad para la soledad iluminadora, la de Unamuno, pero esta soledad no elegida nada tiene que ver. Un momento de luz que no fue tal.

El día dos, respiro la atmósfera que me rodea, doy vueltas por la casa. Pierdo el tiempo. Sin darme cuenta, quiero seguir conectada al resto del mundo. Me resisto a volver a mí.

El tercer día no dejo de recriminarme esta falta de autosuficiencia, este constante derroche del tiempo sin hacer nada. Ordeno la biblioteca casi como una penitencia. Y del mismo modo elijo un libro con el que aquietar la mente y comenzar el camino hacía mi interior, del que tanto voy a depender a partir de ahora. La Metamorfosis de Kafka. Una historia con un sinnúmero de alegorías que vienen a cuento.

Y por fin este momento presente, el cuarto día. Cuando tomo conciencia de que pronto nada será igual. Pronto se cerrarán de nuevo las ventanas y dejará de sonar la música y dejaremos de pintar arcoíris. Este ritmo hacia fuera que mantenemos de manera constante es en cierta manera irreal. Esto va a ser demasiado largo como para mantenernos en este torbellino de mensajes, redes, likes and dislakes. En algún momento nos vamos a ver obligados a vernos y a escucharnos a nosotros mismos. Y ese momento es algo inmediato. Los conflictos son en gran medida sólo nuestros y estamos obligados a verlos y abandonar el emitir una sentencia tras otra sobre absolutamente todo. Estamos entre cuatro paredes, esa es la verdad. Y estaremos mucho tiempo así. Espero aprender a valorar mi espacio y mi tiempo porque cuando esto termine ya no seremos los mismos.