Los libros que he habitado

Tal vez, porque no teníamos mucho más. O porque mi padre insistía en que no nos “quedáramos burros”, que pocos juguetes tuvimos en casa que no fueran heredados y lo que se dice nuevo, apenas estrenamos unos cuantos cuentos por Navidad.

Cuando hice la primera comunión, con nueve años, recibí de mi profesora de cuarto (de colegio público, por supuesto e inmejorable patrimonio académico que ahora disfrutan mis sobrinos) un libro de selección de cuentos. La verdad es que me encantó el regalo pero ya entonces me supo a poco. En un santiamén lo había devorado por lo que pasó a formar parte de la “biblioteca” que habíamos constituido en un baúl, la pandilla de niños del Barrio Viejo de Santa Colomba de Somoza.

Así como lo leen. Además de tirarnos piedras entre las pandillas de los dos barrios (sobre todo en verano, que en el viejo nos juntábamos unos pocos más y cruzando el puente siempre nos ganaban en número gracias a los hijos de los guardia civiles, los del cartero y algunos otros) también teníamos cierto afán por la cosecha de libros hasta juntar más de un centenar entre cómics, cuentos y novelas, no todas apropiadas para la edad, debo reconocer.

El caso es que aún hoy desconozco como se nos ocurrió que aquella destartalada arca fuera nuestro mayor tesoro, tanto que a veces nombrábamos a un responsable que mantuviera la lista literaria actualizada. Tampoco recuerdo de dónde sacábamos los libros. Cierto es que, de siempre, a muchas personas le han ocupado un lugar excesivo en casa. Prefieren emplear el espacio en adornos y cristales de Bohemia al conocimiento o a saber dónde se encuentran las montañas de Lusatia, que es donde comienza la historia de la fabricación de estos vidrios. Pero ese ya es otro tema.

Tampoco sé donde fueron a parar muchos de aquellos libros con el paso del tiempo y la llegada de la adolescencia. Pero lo que sí se es que habían dejado poso. Un sábado cualquiera nos bastaba para ser felices dedicándolo a escribir nuestras aventuras pubescentes, que tan trascendentales nos parecían; estábamos satisfechos de los dolientes versos de amor regurgitados con grave afectación pero sin miramiento estético o lírico alguno y nos sentíamos como si todo lo que éramos se pudiera concentrar en un papel.

No supe entonces desembarcar de aquella aventura, escribía, rompía, sufría por cada vocablo no encontrado y jugaba a adivinar palabras al azar en un diccionario, y me permití crecer al abrigo de un libro que siempre mutaba.

No tengo vuelo para llamarme escritora, ni poeta. Soy emborronadora de hojas, descubridora de mí misma, exploradora del mundo y eterna aprendiz buscando refugio. Soy un verso libre que se siente pleno enfrentándose a la hoja en blanco, una historia trazada con la propia tinta. Y pocas cosas me satisfacen tanto como entregarme a las páginas inexploradas de un libro.