Se me abren las carnes cuando escucho hablar de la España vacía aludiendo a los pueblos de menos de cinco mil habitantes, cuando contemplo los montes y las calles de la Comarca de la Maragatería a la que pertenezco, con sus cincuenta y dos pueblos distribuidos en unos setecientos kilómetros cuadrados y su censo de no más de dos mil quinientos habitantes en total. Cuando puedo referir como España vacía localidades de cinco y seis habitantes e incluso menos, o cuando dos vecinos se reparten en Villar de Ciervos, Valdemanzanas o Andiñuela de Somoza un barrio para cada uno.
Esa España vacía de la que todos hablan, que viene a ser de pronto el recurso discursivo de tantos políticos sentados en sus despachos y de otros tantos amantes del trending topic, de las modas y de vivir abanderados en una y otra causa sin saber muy bien de qué hablan, es la España en la  que vivimos unos pocos que sabemos de las puertas cerradas de los que hace tiempo se fueron, de las que se nos cierran cuando tratamos de sobrevivir sin emigrar  y las que parece que nunca volverán a abrirse porque aún hay quienes piensan que volver al pueblo es sinónimo de fracaso y de cateto ignorante con la  boina a rosca que sólo entiende de cabras, gallinas y labrantíos. No se apuren señores, que además de esos conocimientos inherentes al pueblo, los de aquí, también hemos sabido subirnos al carro del progreso y también formamos parte del mundo moderno.
Pudiera ser y es, que hace apenas poco más de medio siglo en algunos de los pequeños pueblos de este país  y en concreto en muchos de esta comarca maragata tuviéramos ciertas limitaciones en cuestiones de  comunicación, formativas y hasta de calidad de vida pero hasta yo que soy más de pueblo que los gamones que se dan de comer a los cerdos (y orgullosa que estoy de serlo), que me crié entre ovejas, vacas y gallinas, sacando con la forqueta el estiércol para abonar la huerta sé que los tiempos han cambiado y hoy no sólo disponemos de la misma información y conexiones internáuticas que el resto del mundo y optamos a las mismas oportunidades de formación sino que además nuestra calidad de vida es muy buena y no tendría parangón si en vez de tanto hablar por hablar de la España vacía alguien trabajara para que los pueblos sean algo más que un resort veraniego lleno de amantes de la naturaleza y del mundo rural que no soportarían ni el silencio ni la soledad de sus calles en otra época del año y de otros, que por el contrario, estarían encantados de devolverle la vida a estas pequeñas localidades pero que sienten que nadie les brinda un futuro al que mirar.
Lo único que hasta ahora nos salva de morir condenados a la completa despoblación es el turismo porque casi ninguna administración cree, por mucho que se llenen las bocas con discursos de medio pelo, en la renovación y la inversión en el sector primario e incluso el secundario. Hace mucho que alguien decidió que España en general y la población rural en particular, viviera casi en exclusiva del sector terciario y eso también nos ha perjudicado porque hemos sucumbido al engaño, y hemos dejado de imaginar, de creer en nosotros, en nuestras posibilidades, en nuestro producto y en el valor de nuestro entorno.
Y sí, vivimos engañados sobre todo por nosotros mismos. Necesitamos terminar de convencernos de que nuestro futuro depende también de nosotros, de recuperar el sentido de comunidad y dejar de sentirnos inferiores como en aquellos tiempos lejanos, muy lejanos, cuando todo cuanto venía de la ciudad tenía la capacidad de fascinarnos como un nuevo y mejor mundo por descubrir.  Un mundo que ahora, ya conquistado y disfrutado no nos debería impedir recordar que el que más y el que menos, de manera directa o por herencia ha dejado atrás un pueblo del que sentirse orgulloso.
Esa España vacía de la que todos hablan hay que vivirla y hay que respirarla, no debe ser tratada como una moda del momento ni como la reivindicación caprichosa del orgullo pelirrojo en Melburne o la protesta contra Pokemon por la hegemonía de Digimon en Barcelona pues estamos hablando de identidad cultural y de la libertad de poder elegir cómo y dónde vivir con un mínimo de oportunidades de desarrollo en distintos sectores como la agricultura o la ganadería entre otros, de los que puede abastecerse todo un país.  Se trata de aprender y de querer ver que fuimos, somos y seremos necesarios.