No hay mejor momento en la vida para morir de amor que la adolescencia, que adolece, propiamente dicho, del sentido de la cordura y rebosa de fantasías románticas.

Si una es avispada se viene dando cuenta a lo largo de la infancia de que algo no encaja en los cuentos de hadas que nos ayudaban a conciliar el sueño. Como por ejemplo esa Caperucita, con su manto rojo pasión, que habiéndose liberado del lobo recae y siente fascinación por un hombre que empuña un arma, o por ese otro príncipe fetichista al que le obsesiona el tamaño del pie de su amada. Y qué decir de aquellos reyes, todos viudos los pobres, en reinos muy lejanos, que se dejaban engatusar por pérfidas madrastrasEjemplos claros de que la felicidad y las perdices no eran tales, pues la felicidad no sería sin su opuesto y perdices, todos los días, no hay quién las coma.

Pero una, a cierta edad, no puede ser avispada, falta experiencia y sobra ingenuidad y puede que incluso referencias auténticas así que la prudencia parece que solo se logra con las necesarias dosis de sufrimiento.

Después de entrenar la adecuada cordura para sobrevivir a los desengaños, llegada de la mano del tiempo, no volví a escribir sobre amores eternos, inagotables o amores que matan. El amor, como la energía, no se desvanece pero se transforma, de tal forma, que dejamos de llamarlo así. Porque, equivocadamente, venimos a hablar de amor sólo cuando no podemos pensar en nada más que en el objeto de nuestro deseo.

Aquellos tiempos de poesía romántica que recupero de manera anecdótica y de los que hoy comparto apenas un trazo tienen el sabor empalagoso de la juventud y la novelería pero no puedo ni debo negarlos por mucho sonrojo que me provoquen.

He aquí una de esas perlas…

Si pudiera… (1993)
Si pudiera robarte la voluntad,
encadenarte el alma
y obligarte a mecerme
o a acariciarme, como lo hace
esta brisa fresca que me besa la cara.


Si pudiera cada día rozarte la piel
y abrazarme a tu espalda.


Si supieras amor mío que si
te rechazo es por que la carne
me oculta lo que de ti más amo,
que es la materia lo que no quiero.


Que deseo fundirme en ti
sin piel, sin carne y sin hueso.


Si pudieras y supieras
escucharme cuando callo.
No oírme cuando grito,
llamarme cuando te falto.
Mía sería tu voluntad y
tuyo sería mi abrazo.


No habría carne que ocultara el alma,
ni miedos que la hicieran pedazos.