A veces pienso que el mejor camino de un poeta es el del anonimato. Escribir por el afán de buscar que el verso brinque dentro de uno, se inflame y germine en otros muchos. No hay mayor placer que el de explorar la propia alma y ver que esconde en sus adentros, sentir el peso de las palabras que no sabías que se escondían en sus pliegues.

Pero la inmortalidad del verso, está unida inevitablemente al papel y a la mano que baila la tinta por sus caras.

Entonces, la poesía que a uno le bulle en el interior se vuelve visible para el resto, y comienza a cumplir con su función comunicadora. Muestra a sus creador, lo desnuda y lo entrega a los demás como si de una comunión se tratara.

Ahí debería terminar todo. En primero de poesía. Antes de que el ego lo contamine, antes de que el aplauso silencie al sentimiento. Cuando el poeta sólo es poeta y nadie quiere conocer sus logros y sus versos son la única carta de presentación. Antes de que ser poeta sea una profesión y no una confesión o una huella de todo lo vivido. Antes de que se envicien las palabras y se pervierta su significado.

De pronto, sé que no quiero cruzar esa puerta que me obligue a abandonar la única razón por la que escribo: sobrevivir a las cicatrices de mi destino, compartir sentimientos y profundizar en la fuerza de las palabras.

Todo lo demás se me antoja efímero e incluso insustancial si la semilla no es ese aliento, esa inspiración que germina en mis entrañas.

En primero de poesía, puede que no me llegue a graduar en el empíreo liceo de los poetas, pero no dejaré por ello de ser urdidora de versos. No dejará la poesía de ser poesía, ni mi tinta la sanadora sangre de mis heridas.